Calar Alto 2018

EL GATO Y EL RATÓN

No es la primera, ni será la última. Y mira que lo intento. Cuando no son los pelos de las piernas, es el perro. El caso es que llego aproximadamente un cuarto de hora tarde. En ese momento no sabía lo caros que podían llegar a ser esos minutos.

Empiezo a poner un ritmo alto para ver si cazaba al grupo que, desde Almería, se disponía subir al Calar Alto. Pasan los kilómetros, y a ciegas, sin saber cuándo ni dónde se iban a desviar, sigo chupando kilómetros y preguntando a la gente si han pasado unos en bici. “Si, hace rato”.

Empiezan las primeras gotas de sudor y las piernas a doler. Los PR del Strava van cayendo, pero aun así no los pillaba. Llamada al Congrio al salir de Rioja y me dice que están ahí cerca, en la gasolinera. Pero ya notaba que llevaba las piernas tocadillas y eso no era nada bueno. No era la idea que llevaba yo de ir cuidando piernas para llegar a las rampas duras en buenas condiciones.

Paso malamente los toboganes de la vía de servicio, y vengo a cogerlos por el poblado del Mini Hollywood. Ya todos agrupados continuamos la marcha.

El grupo no parece tan numeroso, pero sí diverso. Había… UNA MUJER… oooooh, y qué mujer! Cómo tiraba el bicho! Cualquiera le tosía.

El Bichito nos regala uno de sus tramos de rambla con historia incluida, la Rambla de Tabernas, una zona muy, pero que muy guapa.

Los momentos de charla, de risas y de cachondeo empiezan a reducirse con las primeras rampas serias, caminos entre pinillos y tramo de carretera. Aquí la parada es mínima y yo ya voy teniendo hambre, pero apenas como. Segundo fallo del día.

Subimos por carretera y pérdida de cota, para afrontar el plato fuerte del día. Ahora sí comienza la verdadera subida al Calar Alto.

LA CRISIS DE LOS 50

Aunque para eso sí que me quedan unos años, vivo mi particular crisis de los 50. Es ese el kilometraje a partir del cual comienza mi Via Crucis personal.

Paramos para comer. A nuestros pies Olula de Castro. Sobre nuestras cabezas, el Infierno. Rampas indecentes que apuntan hacia el cielo de la Sierra de los Filabres.

Yo, en déficit general, alargo mi parada. Champo se queda conmigo. Intento comer y beber lo que puedo, pero sé que ya es tarde, aun así intento minimizar daños.

Comenzamos a subir y se mantienen las malas sensaciones. Sólo me queda esperar. Esperar que el cuerpo vaya asimilando la parada, pero eso no llega. Las piernas pesan, el monoplato se convierte en mi cruz en algunas de las rampas, que supero a base de arreones. Mis percepciones no son claras y en una bifurcación elijo ante la duda la parte más dura. No puede ser por otro sitio. Esta gente sólo tira por la parte dura. Me quedo clavado, intento soltar la cala y pierdo el equilibrio, cayendo sobre la montaña. Ahora el camino es un poco más ancho.

Las siguientes rampas me hacen recelar, incluso me bajo de la bici. No confío en mis fuerzas para superarlas sin caer, pero sigo avanzando. El Champo delante, y desde arriba el Congrio intenta subirme con sus gritos. Yo solamente pedaleo.

Llegamos a una zona con rampas más suaves, pero el daño ya se hace evidente. Aprovecho una pequeña parada de Champo para poder echarme una barrita a la boca y beber algo de agua. Noto que algo no va bien en mis piernas, pero la pendiente ha bajado y empiezo a notar oxígeno en los músculos, incluso contemplo la posibilidad de agruparnos con Alonso y Eustaquio, así que aceleramos el ritmo, seguimos por la pista y llegamos hasta el asfalto. Champo se convierte en mi asistente GPS, dándome indicaciones de distancias y giros.

Me animo y aprieto, aumento la cadencia, me siento mejor, parece que me voy recuperando, y de repente me doy cuenta que cabeza y cuerpo van por separado.

CRASH!!!, se me bloquean las piernas, casi me caigo de la bici. Apoyo las piernas temblorosas en el suelo intentando mantener el equilibrio, los calambres no cesan y me planteo tirarme al suelo, pero respiro y mantengo la calma.

Calma, calma, respira; levanto la mirada y veo alejarse a Champo; lo pierdo de vista, estoy sólo.

Intento bajarme de la bici. No lo consigo a la primera; respira; lo consigo a la segunda.

Empiezo a andar por el asfalto, con la bici en la mano. Noto que siguen viniendo latigazos, paro un momento y sigo avanzando. Baja Champo, quiere cogerme la bici. Le digo que no. Esa es mi Cruz y debo llevarla yo; respira, sólo respira; calma.

Subo a la bici y comienzo a pedalear despacio. Champo me dice que es buen momento para retirarse. El Montellano está abajo. Solo hay que dejarse caer y ya habrá acabado todo. Decido llegar hasta el cruce de El Chortal y allí valorar una situación que estaba bastante clara. Son escasamente cien metros de subida y llegamos.

Está claro, abandono. Le digo a Champo que ya ha hecho bastante por mí. Ya le he jodido la ruta bastante. Le digo que se vaya y le despido con un “gracias” más significativo de lo que él cree.

Bueno, ya estoy solo. Veo dos troncos y decido utilizarlos para descansar. Tengo que hacer varias maniobras para encontrar la manera de poder sentarme, ya que los calambres me tenían totalmente engarrotado. Consigo sentarme. Me pongo mi bici al lado. La mochila también. Relajo las piernas, y me como lo que me queda. Me bebo lo que queda. Sólo me dejo una bala. La barrita del kilómetro 93 de Ronda.

Levanto la mirada. Estoy sólo, mirando la neblina sobre las montañas, los árboles desnudos adormecidos por el frío invierno. No se escucha nada, sólo la relajante música del silencio. Pensamientos de orgullo, de honor, de superación rondan mi cabeza. “No, no caigas en eso, respira, relájate, hay que trazar un plan”. Las piernas están heridas, el cuerpo está llegando a su límite. El reloj dice kilómetro 57. Calculo 10 kilómetros de subida. Son muchos kilómetros para ir acalambrado. Todas las cartas están echadas. No hay más comida, no hay más fuerzas. Sólo queda corazón, tengo muchísimas ganas de hacerlo, pero tiene que ser metro a metro. En principio hasta donde llegue.

Al preparar la bolsa no supe exactamente por qué eché los auriculares. Me acuerdo de ellos, los cojo y me los pongo.

¿Qué banda sonora le podemos poner a esta historia? ¿Flamenco, reggaeton,…? No. Estuve a punto de ponerme alguna lista de procesiones de Semana Santa, pero opté por la BSO de Vikings. Siiiiiii, tambores de guerra, Vikingos brutos y peludos. Así me sentía yo, y así comencé a subir, al son de tambores Vikingos. Pedalada a pedalada, cada una estudiada, porque la amenaza del calambre seguía ahí. Pedalada, a pedalada, curva a curva, tranquilo, respira, la mirada al frente.

Sigo avanzando y noto calambres también en el tren superior. Me concentro en seguir dándole a los pedales. En ese momento no estoy seguro de poder llegar. Qué imagen no estaría dando cuando al cruzarme con un motero que venía de frente, prácticamente se sale de la moto para animarme. Le hago un gesto de agradecimiento. Posteriormente es un coche que me pita enérgicamente mientras me anima.

Voy con todo metido. Llego a la Merendera y me paro en la fuente, me quito el chaleco y me quedo de corto. Me asombra ver la capa de hielo sobre una balsa. Yo no tengo ni frío ni calor, no siento nada. Paro a hablar con un señor mayor al que le pregunto qué queda para el Calar Alto. Me dice que queda poquillo y pienso. Si supiera como voy, no me diría eso. Me da para hablar un poco de la vida y de los años y prosigo mi camino.

El camino se dibuja en la montaña, giro tras giro, marcando el camino para superar la mole rocosa que se presenta ante mis ojos. Miro a la derecha y veo el Puntal a mis pies. La Tetica me observa, kilómetro 60. Sigo avanzando, veo las cúpulas muy cerca. Se ven grandes, están cerca. Veo de refilón algo al fondo y pienso, qué camino sería ese, menos mal que no tengo que tirar por ahí. Una serpiente de color blanco con unas pendientes imposibles.

Ya visualizo que podré llegar, de hecho mi cabeza le dice a mi cuerpo “elige como llegar, en bici o a gatas” y así continúo.

De repente me quedo helado, tenía dos noticias, una buena y otra mala. La buena es que veo el letrero de Venta Luisa 1970 m. La mala, que la serpiente blanca que vi a lo lejos me estaba esperando. Esas rampas que vi hace algo más de un año, cuando pasó Contador y sus colegas echando babas extenuados y con las caras desencajadas.

Ahora era yo el que debía subir ese muro. Con la cara desencajada, metro a metro, los dientes apretados, miro hacia arriba. Desde un coche aminoran la marcha y cruzan sus miradas con la mía. Sólo me miran.

Sigo subiendo metro a metro. Miro hacia atrás. Estoy volando. Viene una curva a derechas y continúa la tortura, estoy solo y me permito soltar un grito. Me olvido de los calambres. Las piernas se mueven solas. Busco el final con la mirada, pero sólo veo delante de mí un muro que se dirige hacia las nubes. Es una Autopista hacía el cielo y yo soy Michael Landon.

Consigo llegar al final y de repente veo delante de mí a los Gigantes Blancos que me miran y me retan para que vaya hacía ellos. Con el viento helado en mi cara, aprieto con fuerza mi lanza y azuzo a mi caballo Rocinante para que ataque a esas bestias. Una pequeña bajada me lleva hasta la última rampa. Ya quedan metros. He llegado. Miro a mi izquierda, a mi derecha. No son gigantes, ahora son pequeñas, ahora YO soy el gigante. Veo que a la rampa le quedan unos metros, así decido llegar hasta el final.

De repente, una silueta aparece ante mí, aturdido, no soy capaz de saber qué es. Su figura dibujada entre las nubes me hace pensar que es la Blanca Paloma que ha venido a llevarme. Empiezo a reconocer los colores de mi club. Cuando está a pocos metros reconozco al Bichito, que la verdad, visto de lejos, y a 2100 metros, tiene un aire Divino. Nos cruzamos con una mirada seria y una mueca que refleja la locura que acabamos de realizar. Paramos y nos cambiamos para la bajada. Enseguida Alonso, otro colgado. Los tres iniciamos el descenso hacía la cordura.

Tras varias curvas, un grupo de ciclistas parados en la misma fuente que había pasado hacía un rato. Era el resto del grupo. Sorpresa en sus caras al verme. Sentimiento de satisfacción. Hay veces que las recompensas parecen pequeñas, pero el encontrarme con ellos me pone los pelos de la espalda de punta, después de pasarlo tan mal.

Ya todos juntos iniciamos el descenso. Estamos llegando. Pepe y yo nos miramos. Estamos fritos por una birra y un bocata. Paramos en Montellano, casi le echamos el chiringuito abajo con las bicis, nos acomodamos y comemos al abrigo de un “solecico” que por poco nos cuece. Allí nos juntamos con los Jordis, y ya estamos todos.

Jorge padre y yo vamos a pedir con el Juanolas, y la manera de cómo nos comimos la tapilla de carne con tomate no tiene nombre. No había hambre!!! Jarrica de cerveza y bocadillaco.

Algunos ya han terminado y se vuelven con el deber cumplido, como Jaime. Mi gregario durante mi calvario también se vuelve con ellos, jodido resfriado.

DE SOL A SOL

Iniciamos el descenso por el Polvorín. Superdivertido, kilómetros y kilómetros de rambleo a toda velocidad. El bocadillo cumple su cometido y ya me encuentro bastante bien. Llegando a Santa Fe caigo en la trampa de los “niños”. Ese Congrio y ese Finidi con sus “picaillas” que se meten en un rampón del copón junto con el gaditano, y yo como los tontos detrás, con la patata a tope otra vez.

Pasamos por unas rampas, que ni las de Laujar, y nos volvemos a reagrupar. En esas que parece que el pobre Ginés había estado haciendo zanjas por el camino, así que una de betadine para el Crack del Alquián.

Nos metemos en terreno conocido y ya cayendo el Sol se les ocurre a los niños desviarse para ir por la Subestación o yo que sé que historia (las grandes ideas tienen grandes finales) Pero en esa no caigo. Yo me pego al Guillem. Se le nota que tiene ganas de llegar para irse al Mercadona.

Últimos kilómetros de un día normal para muchos, pero especial para mí. Especial por rozar el límite, ese que cada uno tiene y que a veces no sabes exactamente donde está, y te sorprendes de hasta donde puedes llegar.

Hay rutas que simplemente las haces para echar un rato, otras para ver a los amigos, otras para acumular kilómetros, pero hay días, hay rutas, en las que parte de ti se queda allí. Algo de mí se ha quedado en el Calar Alto el 10 de noviembre de 2018. Forma parte de la épica personal de cada uno.

Salud por muchos años y que lo disfrutemos todos juntos.

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