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La vuelta de Germán… o no
A petición del congrio voy a dejar constancia de la ruta que hicimos el sábado pasado en Fiñana y alrededores.
Mucho tiempo y esfuerzo ha costado que vuelva a montarme en la bicicleta con serios propósitos, es decir, rutas con cierta entidad.
A las 7 de la mañana suena en mi móvil Highway to hell, y yo me pregunto por qué, de hecho tardé un segundo en acordarme que tenía bici, cuánto tiempo.
No había preparado nada, así que me pongo a tope, pero se me hacen las 8, y el Corsa zapato a fondo hasta Fiñana… llego más o menos bien con olor a chamuscao.
Al lado del cuartel de la beremética, el bichito revoloteando trazando S cual abejorro y los demás, Eu, Víctor, Eustaquio, Alonso y Morales, terminando de montar.
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IX Ruta del Jamón 2010 (Sábado)
Pese a que la famosa Ruta del Jamón se desarrolla durante varios días, la crónica detalla lo acontecido en la etapa reina de la IX Ruta del Jamón.
Este año era inevitable no asistir a la invitación procedente desde Fuente Victoria. Una buena representación de los M3K acuden a la cita.
A las 8 y media atravieso la reja que da entrada al feudo de los Martínez. Hoy el aparcamiento tiene un aspecto distinto. Está repleto de coches rodeados de gente vestidos de ciclista.
LA LEYENDA DEL JINCAPUNTALES
Por petición popular, voy a describir brevemente la ruta que sufrí en mis carnes el sábado pasado.
Los mastrinkais no sólo tenemos virtudes. Aunque parezca mentira, en ocasiones mostramos nuestros defectos.
En nuestras habituales rutas vamos desarrollando, además de nuestra musculatura y nuestra resistencia al esfuerzo, nuestro ingenio y humor característico, generando como consecuencia grandes ideas y grandes proyectos ciclistas. Pero otras veces desemboca, sin que nos demos cuenta, en retos que rozan el sadismo y la tortura, lo que habitualmente se conoce “por la boca muere el pez”.
Principalmente con “aquel que procede de la luz” y con “el que vino del mar para quedarse en la tierra” comenté la idea de realizar una gesta jamás antes escuchada, la de hacer puntales hasta reventar, de hacer 24 horas completas en el Puntal, de hacer cinco puntales, pero en mi imaginación me veía haciendo puntales hasta el día de mi jubilación, y entonces llegar a ser alguien en la historia de la Humanidad, un personaje único, un personaje de leyenda, LA LEYENDA DEL JINCAPUNTALES.
Mis compañeros ideales para tal gesta eran el bichito y el congrio, pero a un mes de mi reto del año, fuerzo el intento a pesar que el bichito no puede por cuestiones personales, y el congrio, el congrio,…, está todo el día bailando la congria de jalisco.
Son las 8 y 18 minutos de la mañana, mi marranica aparcada en el Mini Hollywood con el maletero cargado de reservas. Salgo con algo de fresco, pero el día está claro y pinta calor.
En la primeras rampas, leo los primeros mensajes de mi añorado canuto y eso me anima. Las piernas van bien, pero hay algo que me preocupa, es como una losa en mi pensamiento, la idea de tener que pasar por allí “indeterminadas” veces más.
Hago una primera subida rápida, mirando varias veces el reloj, ya que hay anunciada una ruta desde Almería con el Bichito, Dani y sus colegas. Intento llegar arriba y coincidir con ellos en el Mini Hollywood, para hacer con ellos la segunda subida. Tras terminar la primera subida me preocupa esa losa que pesa en mi pensamiento.
Una bajada rápida y el encuentro con grupos de ciclistas refuerzan mi ánimo. Bajo bastante rápido a pesar del terreno suelto y cojo al grupo a tres kilómetros aproximadamente del Mini Hollywood, así que me engancho con ellos. Los amigos de Dani se pierden por delante, Dani pasados unos kilómetros sale detrás de ellos con esas alforjas que solo Dios y él saben lo que portan, y el bichito y yo nos quedamos con el run run y el palique.
Entre risas y cachondeo, y sin darnos cuenta, hacemos el cambio de vertiente, lo que nos da que pensar, este reto en compañía el algo totalmente distinto a hacerlo en soledad, y me acuerdo en ese momento del amigo Carlos Cano, haciéndose a lo tonto dos puntales en soledad, en dos ocasiones que yo sepa. En ese momento entiendo en mis carnes el mérito de su hazaña.
Durante la segunda subida convenzo facilmente al bichito para que se baje conmigo y suba nuevamente el Puntal. No tan fácil como convencerlo para que venga al Soplao. Lo veo tierno, pero no lo suficiente.
Tras despedirnos del cuñao Dani y de sus secuaces, hacemos un descenso vertiginoso tipo Bichito DH, que casi iguala el tiempo de subida, y llegamos hasta el Mini Hollywood. Es allí donde el bichito comete un error imperdonable, uno más propio de mí o de cualquier m3k en periodo de aprendizaje, que de uno de los de antes.
La vida pasa ante mis ojos cuando lo veo coger el móvil y pronunciar esas aterradoras palabras “voy a llamar a mi mujer”. A los pocos segundos, la expresión de su cara cambia repentinamente y se vuelve seria.
Observo como da coletazos desesperados como congrio acorralado por el amor, pero se encuentra en la tela de araña, en el embudo que irremediablemente solo lleva a un camino, el de su casa, con su señora.
Incrédulo y entre expresiones de indignación veo como el bichito de la luz se aleja de los aparcamientos con su bicicleta coja, pero antes de perderlo de vista amenaza con “pues ale mañana me voy a Nuevo Mundo por mis santos cojones. Tu tira para arriba”.
Trago saliva, miro al cielo, totalmente despejado y un sol abrasador, miro al Puntal y siento… miedo. Tengo una obligación, pero qué sentido tiene volver a subir, por qué he de hacerlo. Me surgen las dudas, y esa losa pesa más que nunca.
Comienzo la subida, no me lo puedo creer, pierde sentido el mensaje de Cano preguntándome si me hace un puntal. Las piernas ya no muestran la agilidad de la primera subida, pero eso es lo de menos. La cabeza, eso es lo peor. Pongo desarrollos blandos para poder tragar las duras rampas iniciales. El calor es abrasador, noto como me quemo, pero sigo adelante.
A partir de aquí todo lo que puedo contar son historias de pena, de sufrimiento, historias de desmotivación y dudas acerca de lo racional de mis actos. Me replanteo mi vida, mis aficiones, y llega a durar más la subida me replanteo hasta mi sexo, viva el curling y living la vida loca!!!.
Son esos momentos críticos en los que valoras los pequeños detalles y entiendes el sacrificio de esos ciclistas tanto profesionales como lo que no lo son, cuando se aventuran en rutas solitarias con el único propósito de entrenar, de hacer series, de castigarse, un día tras otro.
Termino la subida con un ritmo lento y triste. A pesar de estar allí, me invade una sensación de derrota. El Puntal me ha destrozado animicamente. Me he confiado, lo he subestimado, como casi siempre hacemos, y lo he pagado.
El descenso lo hago en un silencio sólo roto por el chirriar de mis frenos. Sólo quiero subirme al coche y llegar a mi casa, ducharme y acostarme. Cuando me subo en el coche miro hacia arriba y pienso “hoy has podido, pero ya te pillaré”.
“No me gustan ni las bicicletas ni el ciclismo, ni el Puntal tampoco me gusta. Sólo me gustan el vino y las mujeres”.
CANUTO, HASTA PRONTO.
Hoy se ha ido lejos una parte de nuestro corazón. Creíamos que era una broma, pero cuando vayamos a la sede, él no estará ahí. Cuando vayamos a comer un kebab, él no estará ahí. Cuando el congrio y yo lo llamemos al ver la guadaña de cerca, él no estará ahí.
Excmo. Secretario del Honorable Club Deportivo Ciclista y Jarrista Los Mastrinkais, niño Jesús, hijo del Hombre, Mesías, simplemente Cano, ha volado hoy con destino a Madrid y de ahí a las Américas. Pese a que nosotros, su otra familia, tampoco estábamos preparados para la despedida, hemos acudido a tan triste momento.
Recojo al congrio antes de la hora de quedada y llegamos al aeropuerto los primeros. Al poco aparece Víctor con su “Harley” y los ojos pegados. La siguiente aparición, el Conserje de nuestra sede, y finalmente hace su aparición Eu con Cano. La expectación es tal que parecía el coche de la novia.
Entramos y charlamos sobre esos asuntos tan importantes que siempre nos ocupan. Cano se dirige a facturar la “mochila” que lleva. Todavía creo que solo se ha llevado bañadores y tangas. Es imposible que quepa mucho más equipaje en esa maletilla. En mi mochila El Borracho caben más cosas.
Seguimos hablando de la vida y Eu nos emociona con un gesto que nos embarga de nostalgia al recordar esos momentos tantas veces repetidos de “soltar la tortuga”. Si es que hasta sin bicis parece que estamos pedaleando.
Tenemos nuestro momento de famoseo cuando pasa junto a nosotros una concursante de Gran Hermano, aquella chica tan dulce y delicada que representó tan dignamente a nuestra tierra haciendo famosa la frase de “me suda todo el coño”. Sí, Tatiana, aquella chica que le gusta más una “broca de carne” que a un tonto un lápiz.
Víctor se va, Eu se va, los abrazos se van sucediendo. Llegan otros que también se van, y ya se acerca el momento final. Nos salimos a la calle para despedirnos, para que la brisa de la mañana impida que derramemos lágrimas de amargura ante tan emotiva despedida.
Son solo seis meses, esperamos que sean menos. En la salida del Soplao lo buscaré. Su locura es tal que no sería descabellado verlo montar junto a nosotros. Si no lo hace, estará junto a nosotros, pedaleando en nuestro corazón.
Hasta pronto mastrinkais.
Este es el regalo que nos ha dejado Cano en el Puntal. Gracias Cano!
UNA TARDE EN LA CASA DE DIOS.
La más tonta de las salidas entre semana puede ser motivo para escribir una crónica.
Un miércoles entre semana, inmerso en los quehaceres diarios, recibo una llamada del Excmo. Secretario alrededor de las tres y media de la tarde. Básicamente decía “si nos hacíamos un Nuevo Mundo”. Cuando consigo desocuparme lo llamo y le contesto que si pasamos antes por el Puntal.
Bromas aparte, finalmente quedamos en que lo llamo en cuanto esté listo. Y esa hora es las cuatro y media de la tarde. Le digo que esté listo en el Quemadero, que algo haremos.
En el camino veo a lo lejos un ciclista de colores. Me lo vuelvo a encontrar en el Quemadero. Es Juanjo, perdido desde hace bastante tiempo. Juntos vamos a recoger a Cano a su cochera, y emprendemos la marcha.
El ritmo desde principio es de “apartapiedras”. Vamos en plan vespino para arriba, siempre guiados por el ritmo impuesto por Cano. Juanjo y yo hacemos el yo-yo detrás.
Sin descanso llegamos a la higuera, y al mirar al frente veo como las nubes no dejan ver la cima de la montaña. El camino de piedras se pierde en una espesa nube. Paro a quitarle algo de aire a la rueda delantera, Cano comienza el tortuoso camino, a poca distancia Juanja, y yo tranquilo a unos metros.
Se comienza la subida a ritmo. Me aproximo a Juanjo, que empieza a sufrir la falta de montura. Lo adelanto y veo a Cano a unos metros, pero alcanzarlo es harina de otro costal, así que me limito a subir guardando fuerzas para el resto del camino.
Llegando al final del camino se ve a la izquierda entre la niebla la increíble vista aérea de Almería. El paisaje se vuelve indescriptible. La niebla corre sobre el camino creando una inquietante sensación de soledad. Sólo se escucha el jadeo de la respiración y el golpeteo de las piedras entre sí. Aunque hay tres, allí no hay nadie más que yo.
Termino el camino de piedras y se dibuja al fondo la silueta del Exmo. Secretario. Me paro con él y le planteo las opciones, que se vuelva con Juanjo, con prisa para ver el partido del Almería, o que se venga conmigo hasta el Parque eólico y desde ya veremos.
En sus ojos veo dos respuestas, la racional pensando en volverse, y la mastrinkais, que es la que sale por su boca decidiendo acompañarme.
Esperamos a que llegue Juanjo, que llega con el culo como un bebedero de patos. Nos deja su luz y nos perdemos en un descenso entre la niebla. Comenzamos a subir las rampas que nos llevan hasta Enix. Todo este camino es un contraste entre el frío de las bajadas y el calor de las subidas.
Tan densa era la niebla, que por poco nos estrellamos con la fuente de Enix, donde paramos a repostar, y rápidamente comenzamos la subida que nos llevará al Parque eólico.
La niebla da un respiro, pero sólo hasta llegar al cruce de Enix. A partir de ahí nos volvemos a perder entre las nubes, pero esta vez en serio. Avanzamos, y tras dedicarle un breve vídeo al congrio, seguimos subiendo. La niebla se hace tan espesa, que los coches que vienen de frente los ves cuando ya los tienes encima, y son las siete de la tarde.
La humedad se hace patente en nuestros cuerpos. Al echar un leve vistazo al cuentakilómetros, algo llama mi atención. Mis brazos están blancos, todas las cerdas están cubiertas de minúsculas gotas de agua. El agua nos rodea por todas partes, el paisaje parece irreal. No dejamos de hacer semejanzas con la tierra de Don Pelayo, casi esperamos encontrarnos el lago Enol en la próxima curva, y un poco más allá el Ercina, pero no encontramos vacas en el camino, así que, aunque nos parezca mentira, estamos en Almería. Esa que antaño fuera árida y soleada.
Seguimos subiendo a buen ritmo y, al no tener referencias visuales, nos vuelve a pasar lo mismo, casi nos pasamos el final del puerto. Parada rápida para ponerse el chubasquero, y de repente salta la alarma cuando al doblar el manillar noto dificultad al girar y un ruído de goma sospechoso. La rueda de delante va muy floja.
Mi compañero de fatigas me “reconforta” con un “ostia tío, pues yo no llevo cámaras”, vamos, lo más normal del mundo. Yo le digo que mi bici no puede pinchar, así que nos ponemos a echarle aire en una posición que a Dios doy gracias por no pasar en ese momento ningún coche. Yo con mi posición “natural” de inflamiento, que todos conocéis, y Cano sentado en el suelo frente a mí. Cada bombeo se dirigía a su boca, así que la estampa era un poco… comprometida de cara a la galería.
De repente, casi sin darnos cuenta, notamos mucha oscuridad, nos tiramos a toda velocidad por el mismo camino de subida. A los pocos metros tenemos que quitarnos la gafas empapadas de agua. Seguimos un vertiginoso descenso, que en pocos metros se hace aún más espeso. Calculo que tendríamos aproximadamente unos diez metros de visibilidad, pero bajando a toda velocidad sientes que las curvas se te echan encima.
Vamos bajando y gritando como descosidos. Como el congrio ya no nos acompaña a las rutas, rememoramos sus yujus con cariño y la nostalgia nos invade. No nos metemos con él con maldad, sino porque echamos de menos su omnipresencia. Además, él nunca me hubiera dicho “ostia tío, pues yo no llevo cámaras”.
Volamos por la recta de Felix que nos saca de la nube. Ya es prácticamente de noche. Seguimos el vertiginoso descenso hasta llegar a casa de la familia política del Excmo. Secretario. Tras la visita sorpresa nos dirigimos a casa de mis padres para robarle el coche a mis padres y volver a Almería.
Tras una frustrada visita a mi casa en propiedad, ya que una vez en la puerta me di cuenta que no llevaba llaves, cogemos el camino hacia Almería. A Cano le voy contando historietillas por el camino, como que no se conducir con las calas, mientras el coche no dejaba de hacer extraños, pero en una loca tarde como la vivida, eso, en vez de acojonarte, no hace otra cosa que darte risa.
Esto no deja de ser una historia más. Una salida entre semana de esos locos mastrinkais.
“El Gordo y el Flaco” Orienta Bike – Celín
Hoy suena el despertador demasiado temprano, sobre todo para el día que es. No suelo salir en bici los domingos. Me gusta descansar, es el día del Señor y sobre todo de la Señora. Hay ocasiones especiales y hoy es una de ellas.
Los amigos de LDUU han organizado una Orienta Bike, al igual que hicieron mis M3K hace unas semanas. Días antes nos enteramos que han tenido problemas para poder organizarla, pero finalmente se lleva a cabo.
Al salir de mi casa me encuentro la sombra de un congrio en modo espera. Nos subimos en el coche y enlazamos en la gasolinera con los Chipitusis y el carbonero Carlos.
DOMINGO DE EXPLORACIÓN.
La falta de ritmo casi me hace esta mañana renunciar a una ruta que me ha hecho recordar viejos tiempos.
La ola de frío que azota nuestro territorio ha hecho muy pesado ponerse la ropa, la bici y salir por la puerta.
He llegado tarde, como en los viejos tiempos. Los que allí estuvieran ya no lo están. Salgo detrás de “ellos”. Intento ir más rápido, pero no me puedo permitir lujos. Gracias a que “ellos” van tranquilos, veo sus figuras, la del congrio y el bichito en el cruce de los Baños.
Hace mucho frío. Llevo los pies y las manos heladas, me cubro las orejas, pero hace frío.
Nos dirigimos hacia terreno bastante conocido, zona de ramblas que nos llevan hacia Las Alcubillas. Parece mentira, pero vamos buscando lo que otros odian, lo que otros intentan evitar, de lo que un ciclista cabal huiría. Vamos buscando barro, con la única intención de adiestrar nuestro cuerpo de cara a la posible participación en los 10000 del soplao.
Entramos poco a poco en un terreno fangoso, pegajoso. Nuestras ruedas van aumentando su grosor, empieza a saltar barro por todos lados. En poco tiempo la ruta se convierte en un castigo para nuestras piernas y para nuestras monturas. La cadena patina, no se ve el desviador, las barras de la horquilla están repletas de barro, todo era barro, pero a pesar de los ruidos, de los fallos de transmisión, nos movemos mejor de lo que pensábamos, pero a pesar de todo casi 170 km. son palabras mayores.
Llegando a Las Alcubillas desaparece el barro de las cubiertas, el terreno se vuelve más compacto y nos dirigimos al Ricaveral. Aquí el bichito incluye un complemento a la ruta que enriquece la misma, una sesión de exploración por las inmediaciones del Ricaveral, lo que nos hace descubrir una línea divisoria entre densos bosques de pinos y la aridez del desierto almeriense, vamos, una maravilla.
Nos detenemos en un reservado para colmenas y nos debatimos entre continuar la exploración por una zona de sendero o volver al Ricaveral. Mis deberes familiares frenan el “nervio” del bichito para lanzarse a la aventura de los temibles senderos, así que volvemos hacia atrás, con la promesa de un próximo ataque y abrir nuevas “vías” para los BICI-OSOS de este deporte.
Vuelta por las ramblas de antes, el bichito y yo rodando, el congrio fogando su “nervio” por los escasos escapes de adrenalina.
Casi sin darnos cuenta llegamos a Almería con casi 100 en las piernas, justo a tiempo y yo dando gracias por haber vencido la pereza matutina.


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