29 PULGADAS, DEL CIELO AL INFIERNO

Hace cerca de dos semanas que llegó a mi casa esa máquina maravillosa. La monté con mis propias manos, y a pesar de no apretarle muchos los tornillos, ella es tan maravillosa que no se desmontó, lo hizo por mí.

Todo era alegría. Cuando me subía en ella sentía que volaba, máquina y hombre se fundían en un elegante vals por las montañas. El amor, la complicidad surgió desde el primer momento. A veces sentía que ella era demasiado para mí.

Hoy decido salir con ella. Como siempre, desde el mismo momento parece que se desliza sola, que bonita que es, y me dirijo en mi soledad al Camino de Enix. Me voy equipado, por supuesto, llevo mi cámara, mi multiherramienta, mi bombín, todo nuevo, porque ella se lo merece. Quiero ser mejor ciclista, y lo hago por ella.

Empiezo a subir y voy como un niño chico, saltando por los charcos, disfrutando, apretando. Llego hasta la presa, allí unos chicos arreglando una bici, sigo para arriba y llego al cortijo. Me parece poco, me lo paso bien, sigo y hago la media vuelta del bichito.

En la bajada aprieto y aprieto, y empiezan a levitar las primeras piedras. Una de ellas me golpea en el brazo, pero no duele nada en comparación con las que golpean en mi bicicleta. Ay que dolor.

Sigo apretando, y al pasar la presa veo otro grupo nuevamente arreglando pinchazo, y pienso, “qué le pasa a la gente? se pasan la ruta entera de mecánicos” y sigo para abajo con mi euforia, hasta que noto un ruido raro, no puede ser, y de repente… PINCHAZO.

Comienza el infierno, pero si llevo tubeless, pues no, no llevo tubeless. Y la palometa? no hay palometa. Cómo se le quita la rueda a esto? Ah sí, lleva un tornillo. Coño!!! si le sale un palo de dentro, esto que es? Y la palometa??? Espera Germán, que no te de el pánico.

Saco el móvil, se me cae al suelo, el protector de la pantalla a tomar por culo. Todo es perfecto, llamo al servicio técnico; “congrio, ande andas? no estarás por el caminico de Enix? No, por qué. Cómo se le quita la rueda a esto? Paso1…”

Total, respiro, y pienso, voy equipado, no te ralles, todo está bien, tengo un bombín nuevo.

Consigo sacar la rueda, BIEN, coloco la bici suavemente en el suelo y comienzo a desmontar la cubierta, se resiste, pasa un ciclista “todo bien, no te preocupes”, pasa otro “naaaada tranquilo todo bien”, saco mi cámara pinchada y cojo la nueva.

Empiezo a dar vueltas y vueltas, y no se mete, que raro, y otra vuelta, hasta que de repente mis ojos de detienen en un número que se me clava en el cerebro, el 26. Eso no me gusta, no me gusta nada, NOOOOOOOOOO, llevo mi camarica de 26, en ese momento me digo, déjalo. Vuelvo a llamar al congrio para llorar en su hombro, me dice que lo intente, pero ya no tengo fuerzas, me he rendido, no confío en poder hacerlo, se mi destino, no es la primera vez.

Monto la rueda, me quito el casco y empiezo a andar. Solo son unos 7 kilómetros, así que comienzo a andar, con mi bicicleta al hombro, comienza mi penitencia, ando y ando, cruzo veredas, atajo por rocas, salto piedras con ella al hombro, quiero cruzar las veredas antes que caiga la oscuridad.

Llego a la última vereda, llevo el frontal, pero me da pereza sacarlo así que me tiro para abajo. Y me digo, voy por la otra vereda, no por la que tiro siempre, es buen momento de experimentar, y de repente me veo en medio del cerro sin camino, a oscuras, así que vuelvo para arriba, cabreado y rugiendo, total, allí solo estamos unas cuantas bestias, no desentono.

Encuentro mi vereda y sigo, por fin llego nuevamente al camino, justo ante de la cuesta del principio, de repente veo una sombra que me sobresalta. Esta no es como las otras de medio metro con las que me he cruzado. Esta es grande y viene hacía mí, en silencio.

De repente, cojo la bici con los dos brazos mientras gruño fuerte y me preparo. La bestia se detiene empieza a rugir. Yo rujo más fuerte, los dos quietos, a unos 5 metros una sombra de la otra. Hasta que de repente, se escucha otra voz que llama al animal, es un perranco que iba con su dueño corriendo. Amablemente le digo al hombre “hostia macho, me creía que era un bicho”, el me contesta “no, es mío, es mío”, y “hasta luego tío”.

Sigo para abajo y por fin llego a la civilización, sigo pasito a pasito, la gente me mira raro, un tío, con barro en la cara, con la ropa apretá y una bici al hombro, llego a mi barrio, saludo a los vecinos, que ya ni se sorprenden.

Guardo a mi querida máquina hasta que mañana la limpie y la adecente, me ducho, ceno y, que bonito es el ciclismo de montaña.