DESPEDIDA DE DIEGO – GENERACIÓN X

MASTRINKAIS: GENERACIÓN X
Al igual que subirme a una bicicleta, voy a tener la osadía, con toda la humildad del mundo, de escribir unas palabras sobre la ruta del sábado pasado.

Nuestro Comandante, el culpable principal de todo lo ocurrido, se encargó personalmente que ese demonio llamado pereza rechazara pasar tan buen rato como el vivido este fin de semana.

La ruta empezó como empezaban hace diez años, llegando tarde. No sabemos si la culpa es del Canuto, si mía, o simplemente el culpable es Ginés por vivir en el Alquián. El caso es que por unos minutos llegamos tardecillo.

Cuando llegamos, andaban por allí un Vitel y un Niko, desmontamos. El canuto me monta la bici y la pruebo. Todo bien, excepto por un detalle, no cambia. “Canuto!!!, que mierda le has hecho a la bici que no cambia???”. Canuto me la mira, y allí no había cable de cambio. Se me pusieron los pelos como escarpias. “Y ahora que hago yo?”

Pues eso, mentes brillantes soltando ideas brillantes; te bajas y cambias con la mano, subes en plato chico y piñón chico, hacemos un cable con punto de cruz,…

El caso es que arrancamos, mientras no dejamos de llamar a los mecánicos del grupo. Yo me noto con una cadencia un poco sospechosa como para afrontar rampas de más de un 3%. Llega el primer rampón y allí nos paramos. El Vitel y Ginés al final del camino como dos buitres vigilantes, abajo, el Niko y el Canuto “arreglando” el problema, y a 1 kilómetro, un frigorífico lleno de cerveza fresca. El futuro era incierto, todas las posibilidades estaban abiertas. Finalmente, y sin dar un duro por ellos, porque lo que hacían tenía menos sentido que tomarse una sopa con palillos chinos, me veo subido en la bici superando la primera gran cuesta.

Yo por si las moscas no toco mucho el cambio, así que a veces atrancado, a veces suelto de más pasamos esas pequeñas pendientes del principio. Vamos intentando coger al grupo de delante.

El Vitel bufa como un toro, se pone delante de mí y me va comentando lo que viene. Yo voy gestionando y reprogramando mi cerebro. Se tiene que preparar sobre la marcha para lo que está pasando. La clase de spinning acabó hace media hora. A partir de este momento, todo es desconocido y nuevo para mí.

“Ahora termina esta rampa y hay un descansillo de 50 metros, y luego otra rampa” me dice el Vitel. No se como lleva el Vitel lo del sistema métrico, pero si el descanso era de 50 metros, al tío le tiene que medir la picha por lo menos medio metro. No Inma, eso, eso no son 20 cm.

Total, que el calor aparece, y con él, el sudor, el dolor, y después de un restregón con esas florecillas silvestres, también la sangre. Me quedo rezagado y estoy solo. Es en ese momento cuando revives los recuerdos del precio de este deporte, aún así, sólo tienes una cosa que hacer, avanzar. Es fácil.

Creo estar solo, pero ahí están mis cuatro ángeles, van tirando de mí. No voy mal, pero los riñones me van puteando y según me dicen, “guarda que todavía queda”.

Antes de darnos cuenta nos encontramos con el resto de la gente, por fin nos reagrupamos, y con alegría mal disimulada nos vamos saludando; reproches, algún que otro morrillazo, pero ahí estamos todos juntos, de cachondeo, y empezamos a rodar otra vez.

Llegan las rampas y el grupo se va recolocando nuevamente. Yo decido quedarme con el comandante para calentarle la cabeza un rato. Los paisajes de postal se abren a nuestra derecha, dejándonos boquiabiertos. Daba la sensación que estabas volando sobre las nubes, y en cierto modo, era así.

A partir de aquí las cuestas se suavizan y seguimos subiendo a buen ritmo. Y como en una ruta de los M3K siempre se tiene que dar la nota, pues eso, ahí tienes a Finidi con un choto encima de la bici. Hasta los más animalistas dudamos de si echarlo al Camelback. Finalmente decidieron buscar a su madre, que, dicho sea de paso, es una cabrona, dejando por ahí tirado a su retoño.

Entre una cosa y otra, las cimas se acercan, la brisa en la cara, sensaciones positivas, ya estamos llegando, y poco a poco, nos vamos juntando en la cima de La Estrella.

El maestro de ceremonias va ordenando metodicamente lo que parece una puesta de bandas, para que quede inmortalizado el momento.

Una vez allí arriba cambia la motivación, que ahora se encuentra a unos 1200 metros abajo, metida en una solitaria nevera. Tras una breve parada en las cocheras de la “llamada del amor”, nos tiramos sedientos de tercer tiempo al ritmo de la carraca del Vitel, y en el camino algún percance que otro; alguno prueba lo mullido del suelo de la sierra. El cuñado cae, pero parece que la montaña no se ha hecho mucho daño, así que a recuperarse poco a poco.

Llegamos a nuestro destino y nos vamos colocando como podemos, además de buscar donde sentarnos. Ya en los primeros sorbos vamos destapando el tarro de las esencias y en poco rato, allí ya olía a tigre.

Se van juntando las familias, con mujeres y niños correteando. La tarde va pasando entre gritos, risas y cachondeo. El momento álgido llega con el discurso del Comandante, emocionado por el momento, la pasión a flor de piel de los emigrantes. Dios Salve a América y a los americanos si decimos de dibujar un track allá en Texas.

Antes de terminar, y a pesar del gentío que allí estábamos, se echó en falta a algunos de los nuestros, además de nuestro mecánico preferido, llamado por la responsabilidad y la esperanza que en su casa haya al menos un talento del deporte.

Dicen que montar en bici no se olvida. Lo que no dicen es que tampoco se olvida el sufrimiento, la sangre, el sudor y las lágrimas, el calor y el frío, el dolor y la agonía del esfuerzo. Lo que tampoco dicen es, que tampoco olvidas la alegría, la satisfacción, el compañerismo, el sentimiento de hermandad, las risas, los buenos momentos, la belleza de los paisajes, y el bronceado selectivo tan bonito que coges.

Al estilo Nadal, agradecer a la organización, a los anfitriones, a los fotógrafos en ruta, a los que daban viajes de cervecicas, también al tocapelotas del congrio, al Georgie Dann de las barbacoas, y a cada uno de los asistentes por hacer de esta ruta un día especial. Gracias Niko y Canuto, sin vosotros no podría haber estado allí. Gracias Ginés y Vitel, por dar aliento con vuestra presencia, y gracias a todos por soportar con paciencia a un servidor.

Dios salve a los Mastrinkais.