El lápiz de Eustaqio

Vitel, Niko, Eustaquio (el yerno del bar), Dieguinho, Víctor, Dani (el cuñao), Brocha y Jaba, sentados en la plaza de Almócita daban cuenta de cualquier plato que trajera la camarera. Recuerdo un plato de carne al ajillo vacío antes de que tocara la mesa, y cerveza, mucha cerveza. La rivalidad entre Almócita y Padules era un secreto a voces, pero la sangre no llegó al río, sólo un poco de baba de quienes se besaron en la boca para sorpresa de los oriundos. Un sello labial de garantía, la ruta había sido un éxito total.

La ascensión al Cerro del Buitre, 2460 metros de altitud, desde Almócita, por la parte más oriental del Parque Nacional de Sierra Nevada, se convirtió en un espectáculo para los ojos y para los sentidos. El respeto inicial que teníamos a ese pico que forma parte de una selección con nombres de anarquistas republicanos huidos a las cuevas al acabar la guerra: Chullo, Mancaperros, Almirez, Polarda, Buitre…, parece que te van a destazar si te pillan, se convirtió en un esfuerzo casi poético a pesar de los pinchazos. Encinares centenarios, almendros, enebros, alguna cabra despistada, y antes de dejar paso a la roca pelada, una especie de bostas gigantes veteadas, de un negro esplendoroso, en mitad de la pista, como diciendo aquí estoy yo, y que había que sortear con cuidado para no quedar encallado, sí, nos comentaron, se trata de un híbrido de vaca y jabalí.

Las majadas, parideras, refugios y cortafuegos, fueron quedando atrás para dar paso a una cumbre desnuda dominada por nubes y nieblas que a ratos nos absorbían y ocultaban. La montaña siempre cobra el máximo, en esos momentos se agradece la compañía del amigo que tira de ti con una cuerda invisible y te anima a seguir. En la cima aparecen por fin el último refugio, el edificio del servicio contra incendios, el punto geodésico y el hambre. Alguien dice: hazme una foto como yo te diga que me la hagas. Ahí está Friedrich y su caminante sobre el mar de nubes, ahora con el maillot de los mastrinkais y sobre el cortado del Barranco del diablo. La cara norte del Buitre daba la impresión de ser mucho más agreste, pero un estupendo mirador hacia Sierra Nevada. Al este el Mulhacén, nos llamaba para nuevos retos.

Kilian Jornet perdió a su amigo Stéphane en los Alpes. Tras muchos días intentando superar el terrible golpe pudo escribir “La frontera invisible”, libro donde reconoce: “sentía que había aprendido las lecciones que la montaña me había dado. Pero la montaña esconde tantas lecciones que ni con diez vidas llegaríamos a aprenderlas”. Aquel diez de octubre de 2015 todos cruzamos una frontera invisible, seguro, y yo aprendí una lección más de la montaña con el mejor club del mundo.

Jaba

Track de Eustaquio hasta el Buitre

Track al Buitre


Fotos de Diego: