VIII edición Almería – Calar Alto – Almería

Aquí podéis ver la animación en Strava:
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VIII Almería – Calar Alto – Almería from Los Mastrinkais on Vimeo.

VIII CALAR ALTO: UNA PEQUEÑA GRAN HISTORIA.

Prólogo.

Esta sólo es una historia, una más de las que ocurrieron en el día de ayer.

Esta comienza con un protagonista, el congrio, y el pago de una deuda, mi teléfono. Básicamente una amenaza se cernía sobre mi persona; si no vienes al Calar Alto, me quedo con el teléfono que te he arreglado, palabra de congrio, te alabamos Señor.

El pescado como todo el mundo sabe tiene innumerables defectos, pero alguna virtud aislada, así que consiguió arreglarme por 9 euros el susodicho teléfono, cuando en la tienda lo hacían por 252 €, así que, tocaba madrugar.

Capítulo I. Preparación.

Abro los ojos, la ventana abierta permite que se distinga entre la penumbra como mi  prominente y atlético cuerpo desnudo comienza a levantarse hasta quedar totalmente erguido.

Me giro y distingo a una bella mujer tumbada, y a su lado su “pequeño” hijo gruñiendo y dando golpes mientras descansa plácidamente.

Me dirijo al aseo con mis mallas en la mano, me siento en el trono, y hago lo que hay que hacer. Me visto y mirándome en el espejo me acuerdo de esos días que quedaron atrás, de esas dudas, todavía estoy a tiempo de beber un poco de agua y volver a acostarme, pero no, en cambio cojo los auriculares y comienzan  a sonar truenos, un himno para todo ciclista que haya estado en el Infierno.

Termino de ultimar, y como no, lo sabía, vuelvo a tener que ir al aseo a hacer lo que hay que hacer, y pienso; en este rato es como si hubiera invertido por lo menos 3000 pavos en carbono para la bicicleta.

Capítulo II. El encuentro.

Como si fuéramos dos agujas de un reloj, a las 12 en punto, el Brochini y yo nos encontramos en la puerta de mi casa; claro está, para Brochini las horas, para mí los minutos.

Brochini es como gran chief en la cocina, metódico, meticuloso, incluso obsesivo en ocasiones, por lo que cuando nos dirigimos al punto de partida, y al darse cuenta de su olvido con los guantes se da la vuelta. Me quedo parado y me sale al paso Víctor, así que tiramos hacia Villa Inés.

Trajes de colores invaden la esquina. Muy pocas esquinas llaman la atención como esta. Jaleo y alboroto, caras que hace mucho tiempo que no veo, y otras que jamás he visto.

Hace su aparición el Presidente para dar el grito de salida, y comienza un gran día de bicicleta.

Capítulo III. Piedra y arena.

Hasta Rioja carretera y manta, relajados, buen ritmo y hablando, pero, regalo de nuestro amigo congrio, nos incorporamos a la rambla.

El numeroso grupo ya se ha estirado, y yo ya he cogido mi posición de seguridad, la retaguardia. Voy escoltado por mi pequeño escudero, un gallo de Jaén y un militar de alto rango retirado, cuando empiezo a notar congoja sobre mis queridas partes nobles. Decido continuar, pero se hace insoportable; se me había subido la punta del sillín hacia arriba, así que parada para arreglar; el gallo me suelta su herramienta, y vuelta a pedalear.

Seguimos por la interminable rambla, y es curioso como parece que pasan los kilómetros un poco más rápido despellejando al congrio; a lo largo de la ruta va cogiendo fuerza la idea de crear un club en el que se prohíba su entrada; incluso se habla de trasladar la Presidencia de los mastrinkais a ese nuevo club. En los corrillos se comenta como no se recuerda a un congrio así desde antes de conocer a la congria.

En estos términos se plantea una reunión con la congria para tratar el asunto en profundidad y encontrar una solución satisfactoria para todos.

Volvemos al camino. Vamos pedaleando y llegamos al polvorín y llegan documentos gráficos de cómo los primeros ya están dándose el lote en el Montellano.

Reagrupamiento y partida.

Capítulo IV. El muro.

Comenzamos por la rambla de Portocarrero. Enseguida nos vemos solos pedaleando; Brochini, el comandante y yo.

Al comandante le vamos haciendo la gomilla, pero suave. Ejemplo de pundonor y esfuerzo no pierde comba.

Seguimos por rambla, esta mucho más vistosa que la anterior, y la extraña sensación que con poca pendiente nos estamos acercando a un muro.

Efectivamente, la rambla se estrecha y nos lleva hasta otro nuevo reagrupamiento. Nos echamos la bici al hombro mientras el Ambus nos explica como tomándote una cosica de color amarillo coges superpoderes y vas como un trueno.

Seguimos la marcha y cogemos la pista. Ya en este punto de la ruta las piernas son lo de menos. Mi cuello y mi espalda son una fiesta de calambres, el dolor a veces hace que se me ericen los pelos, pero seguimos hacia arriba.

Llegamos a las últimas rampas antes de la carretera y un dolor comienza a recorrerme la pierna hacia los dedos del pie izquierdo, hasta el punto de hacerse insoportable. En una sombra paro a hacer estiramientos, mientras nos adelanta el piratilla. En solo una curva, él y Brochini elaboran una idea de negocio cojonuda al final de la cuesta.

Seguimos subiendo y mi fiel compañero me va dando instrucciones;  a pesar de querer silencio y soledad, sus palabras y su presencia me ayudan a no hincar la cabeza, me concentro en las chicas de sus historias, en sus culos, en sus carnes prietas, en esas tetitas,…, ay, joder que latigazo.

Capítulo V. La historia interminable.

Ya estamos en la carretera, y parece que queda poco, pero nada más lejos de la realidad. Me lo dice Garmin, 1400, queda mucho.

Sentado en la carretera veo como algunos se dan la vuelta para bajar al Montellano. Yo mismo lo haría si no fuera por lo que es, porque quiero acabarlo, lo tengo en mi cabeza, y estoy dispuesto a hacerlo. Quizás el año que viene opte por más cerveza y menos bicicleta.

Comenzamos a subir, y era más duro de lo que pensaba, y eso hace que cambie el ánimo. Creía que al llegar el asfalto el ritmo sería fácil, pero no era así. Vamos el Congrio, Brochini y yo. Ellos dos como críos discutiendo y yo mirando al asfalto buscando aliento.

Llegamos al cruce de la pista, y el congrio dice que es ruta oficial y que él tira por allí. Brochini y yo debatimos, y fiándonos del bueno de Robin, tiramos por el Chortal.

Paramos en la fuente y Gastón nos espera por las inmediaciones, a partir de ahí tirará con el Congrio hacía delante, y ya sí, ya solo quedamos Brochini y yo, de los que van a coronar el Calar Alto.

Falso llano, bajada, falso llano, bajada, y no cogemos altura. Dudamos de nuestra decisión, y seguimos sumando kilómetros, hasta que llega la chicha, falso llano, rampón, falso llano, rampón, quedan 5 kilómetros; una señal en el suelo pintada por Gastón y el congrio lo indica; ya lo dije antes, innumerables defectos, pero alguna que otra virtud.

Seguimos avanzando, y el dolor se acentúa, el cuello es una tabla, los dedos de mi pie izquierdo arden. Entre risas deliramos con la idea de atrochar por los cortafuegos para acabar con esta tortura, y seguimos avanzando.

Empezamos a ver luz entre los pinos, estamos coronando, seguro que sí, y efectivamente, una señal de STOP nos arranca un grito de júbilo, nos acercamos y vemos las bicis del Congrio y Gastón aparcadas, pero por allí no hay nadie. Extrañados nos vamos acercando y gritando si estaban haciendo guarreridas anales entre los pinillos, y de repente se nos presenta una imagen salida de cualquier película de miedo. Algo que nunca pensarías que podría ocurrir; emergen del asfalto dos figuras gritando; gracias que los reconocimos enseguida porque si no hubiéramos pensado que vaya putada que después del palizón vengan los Walking Dead a comerte vivo.

Entre risas cogemos la carretera, y escoltado por estos tres grandes tipos consigo coronar el Calar Alto. Se que lo he conseguido, pero también se que la llegada está a 70 kilómetros de allí, en el sofá de mi casa, así que mantengo la cautela.

Capítulo VI: Todo lo que sube baja.

Brochini y Congrio nos deleitan con  una escena salida del Barrio Rojo de Amsterdam; se cambian muy sonrientes ellos dentro de una caseta con su reja para que Gastón y yo no tuviéramos una tentación y los hiciéramos polvo. Muy sugerente como Brochini le pide a Gastón que le coloque bien la camiseta por detrás. Si llego a beber del liquidillo amarillo del Ambus no se si hubiera respondido de mí.

Comenzamos el descenso por pista, por aquella que hicimos corriendo en la media maratón del Calar Alto, que recuerdos.

Los dos aviones tiran por delante, que animales. El Brochini y yo mucho más conservadores. Yo llevo una matraca detrás en el buje, que según Gastón y el congrio es lo más normal del mundo, pero yo iba acojonado.

Al final de la bajada de pista me extraño al ver a otro ciclista, es el bichito, no lo ubico allí, y he aquí el episodio triste que empaña un gran día; una caída le ha provocado una rotura en la muñeca, así que allí se queda esperando a que Jordiman suba a por él. La bici acaba por es día para él, pero como no, el Montellano no se perdona, así que allí lo veríamos un rato más tarde dando cuenta de la birra, joder, le quedaba otra mano, y si no, ya le hubiéramos dado aunque fuera con biberón. Recupérate pronto Presi.

Capítulo VII. Tercer tiempo.

No fue el más delirante, pero al abrir las puertas del Montellano, aquello parecía una de esas tabernas en las que al final acaban volando las sillas; no faltaba nada, el Vitel sacando pecho con los ojos en sangre, acompañando en los Jack Lemmons de Ron al Ambus, las conversaciones subidas de tono, la rubia objeto de todas las miradas, a la que su novio trajo a tan exquisito lugar en un día tan señalado, el Presi dando el callo con la mano hecha una flor, en fin, muchas risas para compensar tanta fatiga.

La gente empieza a despegar y nosotros, después de tres jarricas y sus tapicas decidimos hacer la vuelta.

Que experiencia religiosa ese rampón en frío nada más salir. Entre risas brochini y yo llegamos hasta nuestro selecto grupo para la vuelta; los buenos de Indurain, Gastón y Ambus; comienza la bajada; curioso con el trabajico que ha costado hacer ese camino, y lo rápido que pasa de bajada, volando por los toboganes.

Gastón nos avisa llegando a Tabernas, y después se hace una realidad, casi me parto el pecho con sus demarrajes y como elige sus rivales, grandioso; dos pintas en bici que se nos pican en Rioja, madre de Dios, a estas alturas de la película; dos ballenatos en una scooter que nos jaleaba en un dialecto incomprensible son víctima de su sprint en Huércal, en fin, derrochando carácter.

Ya por Pechina pasaba por mi cabeza la idea de llegar, de acabar, de dar por finalizada esta pequeña gran gesta personal, pero no, el tercer tiempo es así de caprichoso. Cuando ya estábamos pegándonos voces, en marcha, para despedirnos, el ambus nos tienta con una pequeña parada en las fiestas de Viator, y allí el bueno de Gastón nos saca unos tercios fresquitos que entran como Dios. Ya nunca más pasaríamos sed.

Reanudamos la marcha y tras el episodio de ballenato y ballenata en scooter, llegamos al cercado. Yo con mi cabeza en el Col de Torrecárdenas y de repente de la derecha como mastrinkais salido de una zanja en Calar Alto, aparece un reflejo amarillo por nuestra derecha, y es Gastón quien da el alto; es el Jordiman, esperando a la familia para entrar en la casa, una vez allí y tras mucho insistir, entramos en la casa a dar cuenta de otra cervecita.

Despedimos a nuestros anfitriones, y ahora sí, por fin, el col lo pasamos ya el brochini y yo solicos por la acera y tranquilamente llegamos a nuestras casas.

Capítulo final. YOU´LL NEVER WALK ALONE.

Estériles son las palabras para agradecer la buena compañía. Algunos hicieron referencia ayer, sí, pero insuficientes.

Brochini, un ángel de la guarda, tirando de mi con una cuerda invisible, parte importante en el hecho de yo poder ver de cerca las cúpulas del Calar Alto.

El congri, omnipresente tanto en persona como hablando de él. Culpable de hacerme llevar al extremo mi voluntad y mi sufrimiento en el día de ayer. Alentadoras sus palabras en todo momento acerca de mi culo y mis piernas. Cada día nos roba un poquito más de nuestros corazones.

Y a todos los demás, que con vuestra sola presencia se le alegra el día a uno.

Mencionar a los que no estuvieron; se echaron de menos, el de los polvos mágicos, el otro osito de las barbas (faltaste para la foto con Gastón, Brochini y conmigo), …

Para algunos, esta es una ruta más, quizás hasta llevadera y fácil, para otros, una ruta no más dura que otras que hemos hecho, pero en mi pequeño mundo, hoy, para mí esto ha sido una gran gesta, con las mismas sensaciones que cuando volví del Infierno cántabro, las mismas que cuando regresé de la ventisca de nieve en el Puntal, o la misma de cuando llegamos de Granada en bici, porque hoy he sentido el ciclismo en estado puro; esfuerzo, cansancio, dolor, sacrificio, agonía, alegría y satisfacción. LARGA VIDA A ESTE DEPORTE, LARGA VIDA A LOS MASTRINKAIS.

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