RONDA: 101 KM y FESTIVAL DE LIPOTIMIAS.

El Viernes noche nos reunimos los dos únicos “embajadores” del Club: EU y este que escribe, en el Camping El Sur (a las afueras de Ronda).

Entrada la noche, y cuando preparábamos la cena, en la parcela de al lado aparece una furgoneta con una pareja… casualidades de la vida: Jorge Rovira, de Los del Uno Uno, muy buen tío.

La cena pre-carrera consistió en Ensalada de Pasta y Cerveza (por eso de las sales minerales). Para mí era una novedad cenar pasta, pero recordé las palabras del sabio Maestro Congrio en nuestro primer asalto al +200: “¿cómo xxxx pretendes hacer 200km cenando verduras?”. Sabias palabras y buen consejo.

El Sábado, bien temprano, preparamos los “bártulos”, nos untamos con crema solar a conciencia (daban sol de justicia para todo el día) y nos subimos sobre nuestras monturas dirección a Ronda con la esperanza de no estar en la cola del pelotón de salida… vaya que no. La gente madruga demasiado, debe ser que no tenían otra cosa mejor que hacer a esas horas de la mañana (por ejemplo dormir).

Las primeras más dos horas fueron un suplicio dentro del estadio de salida. Aguantando sol como condenados hasta que se decidieron a soltarnos sobre las 11:00. No entiendo por qué se sale tan tarde.

Cuando por fin pudimos pedalear el Sol ya estaba cargado hasta las trancas y encima de nuestros cascos.

Los primeros kilómetros eran desesperantes: la gente andando a la mínima cuestecita o cuando el camino no era totalmente llano y sin ninguna irregularidad. Se nota que una gran parte del pelotón participante hace poco o nada de MTB durante el resto del año y peregrinan a Ronda para morir bajo el sol… eso lo pudimos comprobar después.

 

Harto de circular en plan borrego, me decidí a quitarme gente de enmedio: unas veces haciendo “campo a través” paralelo al camino, otras circulando por los pedregales que la gente esquivaba, otras esquivando gente a pie que no hacían marcha ni duatlón, sino que eran ciclistas rebosando torpeza… y que no se apartaban, por supuesto.

Comenzamos a llanear (más o menos) y encontramos un tramo de grandes charcos que toda la gente esquivaba en fila india por los bordes; aquí descubrí una nueva forma de adelantar gente: atravesar los charcos a toda velocidad. El torrente de insultos que me perseguían (parece que alguna gente había ido a los 101Kms de procesión con boda posterior) se fue convirtiendo en una fila de seguidores que habían visto la luz conmigo. Me sentía como el pastor de una secta que seguía mis pasos decidida a mojar y manchar a todo aquel que no abrazase nuestra fé: el dios del barro de agua estancada. Esta maniobra me permitió quitarme de enmedio más de 200 personas extra, tan sólo a cambio de un poco de barro y los pies mojados.

Cuando fue avanzando el día el Sol fué cargando las pilas y el calor se comenzó a convertir en fuego, por supuesto mis pies se habían secado enseguida.

Las subidas se alargaban a causa del bochorno, las bajadas se volvían borrosas por el polvo, nos tirábamos a los tanques de agua de los legionarios como las moscas a…. a eso que les gusta tanto; engullíamos la comida para no perder puestos y tener que recuperarlos de nuevo.

En Setenil de las Bodegas (creo que se llamaba así) nos tenían preparada una “comida fría”; antes había que cruzar un puente estrecho y subir un tramo de escaleras con música de fondo: un legionario que gritaba: “me abajo y sigo, me abajo y sigo…” hubo cachondeo el resto de la ruta en las cuestas imposibles.

Allá por el kilómetro 70 empecé a pagar caras mis maniobras desesperadas por adelantar gente a toda costa: mis abductores comenzaron a cargarse y los siguieron el resto de músculos de las piernas: festival de posturitas, puñetazos, agua en los músculos, paradas para estirar (con bailes de posturitas incluídos).

En la subida anterior a la avituallamiento del Cuartel (la comida caliente) un legionario me echó Reflex en las piernas. El efecto me duró menos de 10Km, cada vez que forzaba el ritmo para adelantar gente, mis músculos se tensaban y tenía que aflojar.

Después del campamento venía la “gracia” de la ruta: la subida a la Ermita que casi todo el mundo conoce: una cuesta imposible en la que no merece la pena negar lo innegable: Hay que hacerla andando, primero porque todos van andando y te entorpecerán hasta que eches pie a tierra, segundo porque aunque te dejen paso, tendrás que echar pie a tierra porque el terreno era complicado, y tercero porque después del tostón de sol y kilómetros, o bien te da un golpe (más bien porrazo) de calor o se te montan hasta los músculos de las pestañas.

La subida parecía una Romería porque todos los árboles cobijaban gente a su sombra, aunque la mayoría agonizaban al borde de la lipotimia… dantesco espectáculo en una cuesta que, sinceramente, creo que sobra a estas alturas de la ruta (es mi opinión personal).

 

Después de esto llegaba la segunda gracia del día: otra subida semi-imposible que el 95% de gente hacía andando en su mayoría y el otro 5% la hacía arrastrándose bajo el sol: aquí no había ni árboles para refugiarse… vamos, otra gracia que a estas alturas sobraba. Acabé metiendo la cabeza en un pequeño arroyo para no morir de calor.

La bajada era muy rápida y algo (poco) técnica: si trazabas bien podías adelantar mucha gente, pero poca complicación más.

Nueva subida (dura, pero totalmente ciclable), último avituallamiento y camino al exámen final: el camino empedrado para subir del Tajo de Ronda al pueblo.

En la primera rampa se me vuelven a montar los músculos, paro y me lío a puñetazos hasta que bajan; unos cuantos aprovechan para dar cuenta de mí y me adelantan. Me pongo a andar estirando (lo que podía) las piernas durante unos 100mts. Vuelvo a saltar sobre el sillín y me decido a morir (si los músculos me lo permiten). Conservo la posición y me acerco un poco al grupito que me había adelantado; me permito cebarme porque sé que no queda mucho, al terminar el empedrado giramos para rodear el castillo, en esa subida me pongo de pie, echo el resto, adelanto el grupo y los dejo atrás de nuevo. Veo bastante gente delante, me envalentono y empiezo a rodar como si me jugase algo: las piernas no están vacías, ni mucho menos, así que comienzo a adelantar gente que ya no tenía fuerzas más que para dejarse llevar a meta. La recta previa al parque donde estaba la meta es digna de la llegada de la etapa de una gran vuelta: la gente aplaudiendo y gritándote, por un momento te sientes un deportista importante de esos que sufren para ganarse la vida, aunque sabes de sobra que eres un cagabandurrias que paga por sufrir.

META, medalla tamaño XXL en el pescuezo y a comer y ver el espectáculo de la llegada… por cierto, que los de atención sanitaria curraron de lo lindo, entre porrazos monumentales (la gente se juega el tipo a cambio de nada) y el festival de lipotimias.

En la meta nos juntamos los tres con las correspondientes jefas y disfrutamos un rato del espectáculo: cuando se hace de noche la cuesta empedrada se convierte en una serpiente de lucecitas blancas y rojas.

Decidimos volver al Camping con mucho cuidado, pues no llevábamos luces.

 

Después barbacoa (como obliga el protocolo) pero silenciosa; el camping era DEMASIADO tranquilo… y emprender el preoperatorio para los 10.000 del Soplao.