La vuelta de Germán… o no

A petición del congrio voy a dejar constancia de la ruta que hicimos el sábado pasado en Fiñana y alrededores.

Mucho tiempo y esfuerzo ha costado que vuelva a montarme en la bicicleta con serios propósitos, es decir, rutas con cierta entidad.

A las 7 de la mañana suena en mi móvil Highway to hell, y yo me pregunto por qué, de hecho tardé un segundo en acordarme que tenía bici, cuánto tiempo.

No había preparado nada, así que me pongo a tope, pero se me hacen las 8, y el Corsa zapato a fondo hasta Fiñana… llego más o menos bien con olor a chamuscao.

Al lado del cuartel de la beremética, el bichito revoloteando trazando S cual abejorro y los demás, Eu, Víctor, Eustaquio, Alonso y Morales, terminando de montar.

Antes de salir vemos a Manolico Salinas que iba a por pastelillos para el desayuno. Le dijimos que se viniera, vamos, que le daba tiempo a ir a por los pastelillos, comérselos y digerirlos, y aún así nos hubiera pillado con una pata.

Salimos y me veo las caras con la dura realidad. Lo que hacemos, o en este caso, lo que hacéis, no lo hace la gente normal. Tuve seis horas para acordarme de todas esas veces que le había dicho a la gente “pues vente, si vamos tranquilos, si no es na, si eso lo haces con la punta de…”

Empezamos a adentrarnos en la sierra y a coger altura en la primera ascensión. Ya desde primeras me encuentro atrancado, pero nos vamos metiendo con el congrio, y eso quieras que no te distrae y hace más amena la subida.

En muy poca distancia nos habíamos adentrado en un bosque de pinos alucinante, pero claro, ya para todo lo que se ha andado, es lo normal.

Hacemos una primera paradilla para comerme mi aperitivo, unas rodajicas de morcilla de Burgos, mientras Alonso le hacía fotos artísticas a los “pajaricos”.

Seguimos y empezamos la segunda ascensión, y esta, laaaaarga de cojones, por lo menos para mí, ajeno al recuerdo de sacrificios humanos pasados. Los galgos del grupo, Morales y bichito, poco a poco se van separando, seguidos a duras penas por otro galgo, Alonso, o más que galgo, podenco. Eustaquio entre dos tierras y trío lalala detrás, aunque Eu nos abandonó a los hijos pródigos.

Yo no se si es que me tocaba teta a las 12, pero dejé a Eustaquio y a Víctor que siguieran y yo me paré a echarme algo a la boca y a beber algo, porque tenía un agujero en el estómago. Cuando termino, ya más espabilado, empiezo a darle alegría a los pedales, toda la alegría que nos permite nuestro lamentable estado de forma, el de la bici y el mío.

Al poco cojo a Eustaquio, sigo y le veo el culo a Víctor, pero enseguida llega la tan ansiada parada a 2020 m. de altura aproximadamente. Comemos y comenzamos la bajada para dirigirnos al sendero de los Álamos centenarios.

Al llegar nos llevamos una gran decepción, ya que, por lo visto tienen pensado hacer un ramal de la A-92 que pase por allí, porque han metido una máquina que ha dejado el camino en plan autovía. Vamos por el “sendero” hasta que llegamos al final de los pocos cortijos que allí hay, y entonces es cuandos nos encontramos la vereda en su estado original.

Alonso toma la iniciativa y va trazando una línea recta, que en algunos momentos no llevaba a ningún lado. El tío, balate que veía, balate por el que iba, y nosotros detrás con la pena. Hasta que echamos mano de la maquinica y nos metemos en algo parecido a un sendero. Ya ahí flipamos un rato, por lo menos yo, con esas veredillas que tanto evitamos.

Pasamos por el Rincón de Niko, de aquella famosa ruta de Charches. Vamos a proponer que pongan un monolito en honor a aquella aparición de Niko. Niko, con dos milagros más te santifican, así que cúrratelo.

Y comienza la última subida del día. Mi vidilla ya empieza a escasear. Adelantamos Eu y yo, y al rato nos cazan y vuelven las posiciones a ser las que son. Hacia el final de la subida veo a un señor que porta un objeto contundente en su mano derecha, es un mazo y de los gordos. Tengo hambre, quiero comer y me noto muy flojo. Me quedo el último y descolgado, implorando en silencio que dejemos de subir.

Este sentimiento de agobio sólo se ve calmado por la belleza de los paisajes que vamos cruzando cuando nos acercamos al final de la subida, que maravilla.

Comenzamos el descenso, y el bichito se acuerda del congrio y discutimos sobre cuantos orgasmos hubiera tenido durante la bajada. A mí el pajaruco me hace pegarme algún recto que otro que por poco me tumba, así que hacia el final de la bajada, los EUS socorren a un pobre hambriento, el uno con un gel, y el otro con un pastelillo que estaba de muerte. Me supo como el que me dio un anónimo antes de la cuesta del cachondeo.

Seguimos andando y ya me voy espabilando cuando empiezo a ver las calles de Fiñana. Yo tenía barbacoa y no pude hacer tercer tiempo. Según cuentan los ancianos del lugar sólo dio tiempo para dos rondas porque cerraron la plancha a traición. Seguramente les habrían avisado de nuestra presencia y del peligro que corrían.

Por los números ha sido una ruta muy light. Para mí ha sido bastante dura, pero bueno, espero que sea el comienzo del regreso. Ha merecido la pena por las 6 horas y pico de colegueo, y siempre es un agrado hablar del congrio.

Pudo ser perfecto si hubieran estado los salvajes que se hallaban en ese momento por las nubes conquistando las cumbres más altas de la Península Ibérica.