II Expedición Mastrinkais a Marruecos, día 11 Midelt – Almería (pasando por Tetuan)

Son las 4h30 de la mañana y comienza el que será nuestro último día por tierras marroquís. Hoy supuestamente los secuaces de Hassam deberían recogernos a eso de las 6 de la mañana y el punto de recogida era nuestro hotel el Kasbah Asmah. La teoría decía que nos recogerían con una furgoneta y nos llevaría directamente hasta Nador y allí coger el ferry de la noche que nos traería vuelta a nuestra patria. Pero como suele pasar en Marruecos, de la teoría a la práctica hay siempre alguna diferencia.
Nosotros como buenos europeos nos vestimos y hacemos las alforjas. Con todo listo bajamos al comedor donde el conserje de la instalación nos sirve el desayuno, y sí, he dicho conserje, y con suerte que había alguien porque a esas horas de la mañana no había ni luz en los enchufes. Esta vez y después de la debacle del día anterior el desayuno estaba limitado solamente a una ración por persona, algo que para cualquier persona sería normal pero que a nosotros nos indignó, aunque qué le íbamos a hacer, por lo menos tuvieron el detalle de ponernos al conserje a que nos sirviera el desayuno tan temprano.

Aún era noche cerrada cuando salimos a la entrada del hotel para desarmar nuestras bicis y prepararlas para el viaje. Pasa los minutos y van ya 30 desde la hora fijada por Hassam para que nos recogieran sus secuaces y por allí no aparece ni Alá! Nos empezamos a poner nerviosos e incluso empezamos a llamar a Hassam el cual ni os coge el teléfono y lo peor es que el tiempo sigue pasando. Y aunque los secuaces de Alá no aparecían lo que sí apareció fue un mercader que gestionaba el departamento de suvenires del complejo hotelero. El hombre, vestido como un autentico bereber vio el cielo abierto a las 5 de la mañana cuando nos empezamos con los regateos vespertinos y comprando los típicos detalles para familiares, parejas, amistades o acompañantes. Casi todos picamos en algo, incluso nuestro enamorado congrio pero lo mejor fue la lucha rageteística entre el bereber y David. Que mal lo pasó con el dichoso foulard! Y es que se conoce que David no fue al curso de regateo que le dan a los forestales en que Dani parece que sacó matricula. Al final el regateo quedó en 50 dirham por 17 metros de foulard (lo bueno es que con esos 17 metros Isa pudo hasta poner las cortinas de la casa a juego de su cuello).

De repente y sin esperarlo y con sólo una hora de retraso aparecen dos tipos regordetes tirando a rechonchos con unas mantas en la mano y una cara de sueño que delataban que ésta noche ellos habían sido los inquilinos de nuestra “casita de la piscina”. Tenía pantalones que incluso durmiendo en nuestro mismo hotel hubieran llegado una hora tarde a recogernos, pero en fin Moroco is diffetent. Pues bien, una vez que estos hombres por llamarles de alguna manera se despejan, deciden ir a por la furgoneta donde guardaban las cajas en las que trajimos las bicis desde España en avión hace ya unos 12 días.

Mejor o peor, pero como pudimos reempaquetamos todo y lo metemos en la furgoneta. Y lo que no cabe… lo que no cabe… pues donde van las cosas en los coches al techo de la furgoneta. Así que sin ninguna garantía de recuperar las bicicletas que fueran encima de la furgoneta nos ponemos en marcha con rumbo a Nador, o al menos eso creíamos.

El conductor puso un ritmo tranquilo y sin grandes sobresaltos (sólo los del asfalto de la carretera) y llegamos a una gasolinera en la que el conductor intenta repostar pero “casualmente” estaba cerrada. Digo casualmente porque en los depósitos de esa gasolinera en último carburante que vio fue el carbón de cuando los vehículos aún andaban a vapor. Sin más sobresalto continuamos la marcha durante unos cuantos kilómetros más, cuando de pronto la furgoneta empieza a aminorar la marcha y a dar tirones. Se nos pusieron a todos las orejas en punta, pero 200 metros más adelante y al girar una curva vemos un pequeño pueblo y una pequeña gran gasolinera. Nuestras sospechas hasta ese momento eran que la furgoneta estaba rota pero tras las carcajadas de los tipos rechonchos y el suspiro que dieron después, nos indicaban que la furgoneta no se había roto, si no que habían apurado hasta la última gota de gasoil des depósito. No quiero ni pensar lo que hubiera pasado si ésta gasolinera hubiera estado también cerrada… (Y es que la siguiente que vimos en nuestro camino estaba a unos 150 km después) Pero en fin, sustos a parte una vez que llenan el depósito de la furgoneta y el tesorero vacía el suyo detrás de un murete nos ponemos rumbo a… TETUÁN?!?!?!

Efectivamente, los moritos gorditos de pronto empezaron a preguntar a la gente que como se iba a Tetuán!! Menos mal que les hicimos entender que como le habíamos repetido hasta la saciedad íbamos a Nador (solamente unos 100 km más al este que Tetuán) Y digo les hicimos entender porque no tenían ni remota idea de de francés, inglés, español… o cualquier otra lengua que no se escribiera de de izquierda a derecha. Pues corregido el error ahora sí nos dirigimos a Nador, aún quedan muchos kilómetros por delante y el viaje se hace largo.

Durante la ruta sólo paramos una vez más en un lugar que parecía algo así como un manantial que era famoso porque todo el mundo iba a beber agua, lo que nosotros aprovechamos para ir al cuarto de baño municipal y colaborar para que no se agotara el manantial. Por lo demás, el viaje fue de todo menos tranquilo. Salidas de pista campo a través, recortes en curvas, 4 esquivos a camiones, que si el chofer jugando a ver quién aguanta más en medio del camino sin quitarte del medio de la carretera cuando viene otro coche de frente… en fin un viaje de coche en Marruecos. La verdad es que por mucho que escriba me voy a quedar corto así que mejor probarlo, el dragón kan se queda a la altura del betún, lo aseguro.

Finalmente y tras el largo viaje que casi acaba con nosotros llegamos a Nador. Rápidamente bajamos las bicis las volvemos a montar y nos despedimos de nuestros amiguetes rechonchetes, los desgraciados nos robaron hasta el mapa (el cual teníamos pensado regalar a Guillem como recuerdo). Entre tanto, la policía marroquí empezó a curiosearnos y empezó a pedir papeles. Tras algunas aclaraciones finalmente pudimos ir a comprar los billetes de ferry. Aquí le tenemos que dar las gracias al chico que nos atendió y que se portó fenomenal y nos regaló un camarote para el ferry.

Eran ya las 6 de la tarde y con todo el ajetreo del viaje aún no habíamos comido así que hacemos algo de tiempo para el embarque y comemos nuestra primera comida occidental: unas pizas y unas pastas en un italiano del puerto. Tras inflarnos como boyas nos movemos como podemos hacia la frontera.
Es curioso cómo se ven las cosas desde el otro lado, al otro lado de la frontera me refiero. Todo es diferente y te hace comprender todo lo que pasa a veces a nuestro alrededor con la inmigración y no queremos o no nos quieren dejar ver pero bueno eso me lo guardo para mí.

Poco a poco y sin grandes colas vamos pasando uno a uno por la aduana y sellando nuestros pasaportes. Esperamos un poco a que terminen de preparar el atraque del ferry y ahí estamos enfrente del barco de vuelta a casa. Éste momento en general se hace duro para todos, subir al barco significa que toda la aventura ya acabado y todos en el fondo estamos echando de menos lo que está acabando y a la vez tenemos ya la mente puesta en cuál será la próxima aventura…

Casi sin darnos cuenta y con una gran satisfacción de que hemos conseguido nuestra gran hazaña nos metemos en el barco. Somos los primeros en embarcar. Encadenamos las bicis como podemos y subimos al camarote para dejar nuestras cosas. Pasan algunas horas desde que embarcamos, hasta que finalmente zarpa el barco y durante ese tiempo paseamos por todo el ferry y mientras tanto no podemos dejar de hablar y comentar las mil y una anécdotas que nos han pasado, y que al menos yo no olvidaré jamás.

Desde la proa del barco vemos como cae la noche, como sueltan marras y como poco a poco la ciudad de Melilla-Nador unida con una valla que separa algo más que dos continentes se hace cada vez más y más pequeña.
Poco a poco las fuerzas se debilitan y todos nos vamos quedando durmiendo, unos en el camarote (Carlos y Dani) y el resto en el salón comunitario. Yo creo que soy de los últimos en quedarse dormido y es que aunque estoy completamente destrozado del cansancio no tengo sueño. Pero finalmente me quedo dormido junto a la ventana del ferry agarrado al GPS del Congrio viendo cuánto nos quedaba para llegar a casa…