Otra vez en Sierra de Filabres, o las 1000 y 1 maneras de subir y bajar al Calar

NO PUEDE SER PEOR… ¿O SÍ? (crónica by El Bichito de la Luz)

A este paso va a ser peor la preparación que El Soplao en sí mismo, pero es que no me salen las cuentas. Yo sumo, resto, pongo, quito minutos, hago medias, descuento paradas y me dan ganas de llorar. Hasta ahora la mejor de las previsiones me dice que 14 horas no me las quita nadie (de ahí para arriba).

De todas formas mi espíritu optimista y juvenil mastrinkais me lleva a quedar con mis amigos cada sábado con la intención de hacer una simulación de la prueba. Hasta ahora el resultado es desolador porque en cada ruta se cumple inexorablemente una media más baja que en la anterior.

No parecía dura esta ruta a priori, llaneo de calentamiento, subida tendida y ya… para abajo. Pero la realidad nos tenía preparadas varias sorpresas.

Primero que aparecieran en el aparcamiento del Montellano uno, dos, tres… hasta siete compañeros más servidor, cuando las previsiones del tiempo me decían que iba a estar más solo que la una.

Segundo que la cuesta tendida no fuera tan tendida y sí más larga de lo esperado.

Tercero que el panorama siberiano que había en las cumbres hiciera que sintiera más frío subiendo que bajando.

Y por último que hubiera más dureza en la parte de bajada que en la subida.

Pero vamos por partes, pedaleamos un poco y nos reagrupamos en el primer cruce nos hacemos unas fotillos de amor que casi parecen de maricones y seguimos hasta los toboganes de la vía de servicio. Aquí los niños, ale a disfrutar como locos, y Pepe El Vitel y yo nos quedamos por detrás arreglando España. Ya no nos volvimos a separar hasta La Merendera muchas horas después.

Comienza la subida. Joder, las subidas siempre son más duras de cómo las recuerdas y los niños empiezan por delante como si se fuera a acabar pronto, Pepe y yo detrás con la sangre fría de los de antes. Y claro primero Eu, empieza a perder la línea recta a trazar curvas de lado a lado del camino y “aaaadeu”, le pesaba la subida pero lo que más le pesó fue cuando el Champo bajó a darle el Guarkitarki, que es como el ritual de entrega del farolillo rojo o lo que es peor “la extrema unción”, según Alonso.

Como a mitad de subida se paran Diego, Congrio, Champo y el Juanolas a esperar a Eu, no sé bien para qué. Los más veteranos vamos “tirandillo” y trazamos una estrategia; no pararíamos hasta La Merendera, 30 kilómetros después (es que los niños quería comer ya, ni que fuera esto una ruta gastronómica.)

Sin dar el más mínimo tirón vamos subiendo hasta llegar a la zona esteparia con los árboles congelados por la escarcha, enteramente blancos, como estatuas de sal. El sol se asoma y nos hace que la subida sea llevadera, Alonso se queda solo por detrás a meditar y luego en los llanos le esperamos, no está la tropa para seguir abandonado reclutas. El Vitel y yo nos acordamos de nuestro querido compañero de antes, el Comandante, y lo ponemos verde, como merece una ruta de estas, recordando sus tácticas pellejeras que consisten en mirarte como un cordero degollao al principio de la subida y demarrarte cuando queda un kilómetro para coronar, pero le echamos de menos.

En la parte alta hay bajadillas que hacen que la sensación de frio sea extrema, lo aguantamos bien excepto por un círculo en medio de la frente que era donde la brisa hacía diana y que parecía que me abría un ventanuco en la cabeza.

Toca subir el trozo de carretera hasta el Calar, hay hielo, las manos se me congelan y a Pepe los pies. Yo por lo menos puedo aporrearme el cuerpo con las manos y meterlas en calor pero Pepe se puso a contar los dedos de los dos pies y llegó hasta cinco. Menos mal que bajamos por la pista del Icona y, al estar más resguardada, se pasa menos frio que por la carretera, bueno este trozo es curioso le llamamos de bajada, pero ¡coño que también hay que subir!

En la Merendera paramos y enseguida llega Alonso, comemos y esperamos, esperamos y nos congelamos. Boxeamos entre nosotros, hacemos ligeras carreras hacia arriba, fuertes esprines hacia abajo, lanzamos gritos desesperados al vacío: ¡Coooooongrio! Y allí no llegaba nadie. Estamos ateridos de frio, miramos la dura cuesta de subida y la dulce pendiente de bajada, y hacemos una mini asamblea, por tres votos a cero decidimos abandonar la ruta. Pepe comienza el arduo proceso de enviar un mensaje al congrio, tanto tardó que antes de pulsar la tecla del ok el Congrio y Champo aparecen por allí. Desde que vi la cara del Congrio supe que debía de continuar la ruta (era como un espectro de mi conciencia que me decía en mi interior: “Coooomo noooo sigas te vas a enterar en el Soplaooooo”.)

Debía de salir ¡Ya! porque la temperatura corporal era muy baja. Desde aquí hasta muchísimo tiempo después sigo la ruta sólo. Subo hasta Las Hoyas a buen ritmo, miro para atrás y veo a la pareja de la Guardia Civil detrás de mí, es decir, al Congrio y al Champo. Voy bajando a la espera de que me alcancen y no me alcanzan, pienso en varias opciones; una que cada vez bajo mejor, otra que les ha pasado algo (pinchazo o similar) y la más verosímil que se están haciendo unas pajillas. La bajada es “disfrutona” hasta llegar a la carretera de Olula a Castro donde hay que volver a subir, me encuentro bien, es el kilómetro 75. Voy solo y empiezo a subir el camino hacia el Tallón Alto, sigo bien claro porque de seguida se baja y se llanea un poco hasta la subida de verdad del día. Son 7 kilómetros de terreno un poco “velcroso” con 370 metros de desnivel, ya no voy bien y la parejita que me alcanza a un kilómetro para coronar. Voy un kilómetro acompañado.

Cuando llegamos al Collado se alcanza la carretera que baja del calar, ellos ya han llegado y se están cambiando de ropa, yo paso de parar y les advierto que sigan el track. El Congrio me dice que si es que no es por la carretera, le contesto que no y lo dejo dando alaridos: “¿Pero qué me estas contando?”

Al poco de bajar por la carretera giro a la derecha y ¡SORPRESA! ¡HAY QUE SUBIR UN CORTAFUEGOS! A mí se me mezclan las sensaciones entre risa floja y miedo, y subo la pared con los riñones y los gritos de ánimo del Congrio a cada pedalada mía. Pero la euforia no me llega ni a alcanzar la cumbre porque oigo al Champo (que ya estaba arriba): “¡NOOOO!”

Sí, había que bajar a modo de tobogán y subir otra pared el doble que la anterior, menos mal que el impulso te subía casi hasta arriba (Ver “afotos”). Por una vez no frené en una bajada, por la cuenta que me tenía.

Y llegamos a la trialera entre grititos de orgasmo del Congrio al ver una bajada llena de piedras (¿Qué le verán los niños a esto?) Yo bajo lento, pero bien, que ya es decir. Ellos volando. Los veo parados, en el suelo y pienso “mira que majos, esperándome”, resulta que el Congrio cayó en un hoyo y el Champo dio una voltereta por encima. Cómo es la condición humana, cuando se cae alguien que no soy yo no puedo más que sentir un agradable alivio. Parece que no es grave, quitando el golpe, seguimos y el Congrio pincha justo al final de la bajada.

“¡Yo me voy!” les digo porque estoy mojado y helado, yo no paré para cambiarme en la bajada. Sólo me quedan 5 kilómetros de rambla y hacia abajo ¡No muevo ni un pedal más! Y llego al Montellano, llego tarde, el Vitel, Alonso y el Juanolas están pagando y me miran como si vieran a una marciano (Joder, que pinta debo de traer.)

Me voy para el pueblo, y en estas me cruzo con el Champo, le pregunto: “¿Y el Congrio?”, “Está donde pinchó, ha vuelto a pinchar la cámara de repuesto, y la que yo le dejé” (esta debe ser la de los cuatrocientos parches.) ¡NOOOOOO! Estoy muerto y helado, yo ya había acabado y ahora tengo que subir para darle una cámara al Congrio. Subo la rambla presto (Germán ya sabe lo que quiero decir, ya ha vivido en sus carnes otra operación rescate) y de seguida me encuentro al Congrio bajando corriendo ¿Dónde habré visto yo ya esto? Lo acompaño hasta que llega el Vitel con el coche, sigo sólo, va cayendo la tarde, me doy pena, la rampa que sube de la rambla me parece el Montventux, 97 kilómetros y casi 9 horas… el Soplao no pude ser peor ¿O sí?

Fotos Champo:

Fotos Champo: