Diezma (Sierra de Huetor)

LA RUTA DE LOS SENTIDOS

Se puede salir sólo, se puede salir con gente que no te cae bien, pero lo que hace una ruta sea excepcional es salir con amigos con los que estas a gusto, desde que los llamas por teléfono, hasta que te dejan en tu casa en un estado lamentable. El domingo ha sido una ruta de estas últimas, solo que encima hay que añadirle un entorno paradisíaco que ríete tú de los Alpes y de Pernambuco. La Sierra de Huetor nunca defrauda.
Y es que, en las últimas rutas, estaba yo desconsolado. Miraba a mi lado en el coche y no encontraba la silueta escurridiza y silenciosa del congrio, que por lo menos daba compañía. Resulta que el chaval anda en asuntos de amores, ya no habla mal de las mujeres. ¡El Congrio desaparece un día entero! El sábado no contestaba a las llamadas de teléfono y esto resulta desconcertante cuando se trata de una persona que tiene el móvil por sexto miembro.

Llegamos tarde a Diezma, hubo que esperar ¿A quién? Al JINCAPUNTALES, a quién va a ser, aunque ayer tenía una estupenda excusa, le estaba quitando a la bici el dorsal del Soplao. Pero el que más espera es… pero si es Pakito el Drogas, el Hueso que vuelve a los pedales ya estamos todos (bueno faltas tú, Canuto).
Si queremos simplificar lo que fue la ruta y nos vamos al IBP, ya digo yo que no es un dato que nos aclare mucho. NUNCA UN IBP HA HECHO TAN POCA JUSTICIA A UNA RUTA. Y es que este índice hay cosas que no contempla: las roderas de los caminos hechas por los todo terreno, las cárcavas originadas por las lluvias, las zonas de piedras sueltas, las zonas de piedras juntas, la arenilla subiendo, la arenilla bajando, las subidas empujando la bici, las bajadas que cuestan más que subir y todo ello continuamente.

Y la ruta comenzó con una subida interminable a Prado Negro entre elogios al paisaje que iban aumentando conforme nos acercábamos al frondoso bosque, primero entre encinas y coscojas y luego ya pinos, cedros, alerces, álamos y hasta secuoyas. Claro que tanta naturaleza tenía sus inconvenientes y si no que lo diga Carlos Cano cuando se le alojó un bicho en la oreja que no quería salir, o el que hizo gritar como a una doce añera a todo un JINCAPUNTALES.
Casi llegamos al éxtasis en la zona de las Mimbres por un sendero que transcurre por una especie de jardín botánico por la variedad de arbolado que hay en esta zona, a pesar de ser un sendero el congrio ¡lo grabó entero en vídeo! Y luego hay gente que… Fue aquí donde adelantamos a tres señores en mtb y nuestro guille, el padre a distancia, aprovechó para meterles un puyazo, ¡así no hacemos amigos, coño!
Comemos en la Fuente de la Teja, en una alameda a la sombra, tanta sombra que nos tenemos que ir porque a mí me da hasta frio, y es que uno está hecho al desierto. Nos vamos derechos al Barranco del Pino o la Vereda de los toboganes, Carlos y yo que ya la conocíamos y quisimos librarnos de ella por un camino paralelo, pero no lo encontramos, y ante la posibilidad de perdernos volvemos al sendero y lo afrontamos. Las piedras del principio me daban respeto pero la infinidad de toboganes de un metro que había uno seguido de otro daban como gustillo hasta hartarte.
Vamos subiendo por un camino estrecho, arenoso, horadado y con ramas de pinos bajas saliendo por los lados, estamos llegando arriba y comenzamos a bajar ligeramente cuando aparece ante nosotros una imagen que tardaré mucho tiempo en olvidar. Un ciclista de los de antes, como el comandante, y de tipología oronda, como el Vitel, subiendo a todo tren con una bici de carretera, cubiertas mixtas y ataviado con una camisa de tergal y bermudas. Germán sólo acertó a decir que mañana vendería la bici y se compraría una tricotosa. Y nos metemos en una subida pero ya con arena de verdad como la del Rocío, solo faltaban las carretas. En la otra vertiente bajada con arena de verdad, pero alguno que otro se despistó con una muchacha que bajaba en nuestra dirección, sobraron las tetas. La ruta era más completa que el Fuerte de Commansi y no podía faltar una bajada por una rambla, “ramblosa”.
Ya llegamos a la Venta del Molinillo, recargamos agua y como los de antes tenemos mucho carrete tuve que ilustrar a los niños con la “leyenda de dos hombres con sarna”, episodio que ocurrió a Fran, hermano del Jincapuntales, y a mí hace ya mucho tiempo.
Ya quedaba poco y llegaba el impulso de la cerveza en la última cuesta incoherente de la jornada nos agrupamos y afrontamos juntos la bajada de la muerte. Tierra roja, muy pendiente, con roderas profundas y en algunos sitios con barro, pues en estas condiciones todavía hay algún valiente como el Guille que se le ocurre bajar a toda leche detrás de mí. Que qué pasó, pues que en una rodera no pude salir y saque la pata del pedal y el Guille casi se jinca de morros pero pudo parar, el Carlos Cano que venía más atrás en vez de aprender del fallo entre en la misma rodera y abajo, pero sin consecuencia alguna.
Y no hay ruta que se precie sin los Juegos Florales, que son esos intentos de ataque al Congrio para llegar antes que él, esta a vez a cargo de Carlos. Como siempre no fructificaron, mientras otros por detrás íbamos pensando más en el bar.

El tercer tiempo loas a la ruta, ensalzamiento de la amistad y despelleje de ausentes entre birra, tintos de verano y patatas a lo pobre con huevos fritos. De pronto la escena se congela, cinco personas dejan de hablar, miran fijamente mi plato (aún con resto de la yema del huevo) y ven al Congrio describir círculos a una velocidad endiablada con la mano enganchada a media barra de pan, nunca nadie había visto rebañar así. Para sobreponernos al cuadro carajillos y chupitos de finas hierbas.

Pedazo de ruta. El bichito.

Fotos Congrio

Fotos Guillem