II Expedición Mastrinkais a Marruecos, día 7 Tinerhir – Imilchil

Crónica de David
A pesar de que el hotel de tinerhir es una pasada y de que el colchón de la cama es un autenctico lujo, apenas he podido pegar ojo en toda la noche. Me he estado acordando de la sobredosis de te que nos metimos el día anterior en el Hotel y en la visita obligada a la tienda de alfombras de nuestro coleguilla que nos hizo de guía por el pueblo, y cada vez que durante la noche conseguía plegar el párpado a punto de entrar en el nirvana, me despertaban los rezos de los minaretes de las mezquitas compitiendo entre si por el espacio aéreo del pueblo. Es como si el camión del tapicero llegase a tu barrio de Almería varias veces cada noche machacándote las neuronas con su anuncio por el altavoz.

Por eso cuando esta mañana suena el despertador (ya sabéis quien es), me da la impresión de que acabo de acostarme tras una noche de marcha y tengo el cuerpo para pocas historias. Sin embargo, no se por que, hoy tengo la sensación de que la ruta debe ser más asequible, con mucho asfalto y escasos desniveles (que ingenuo…)

El dueño del hotel, todo un negociante bereber, nos buscó la noche anterior un vehículo que debía llevarnos de nuevo hasta Tamtatouch deshaciendo el camino por la garganta del Todra que habíamos descendido ayer, evitándonos así unos 30 km de dura subida, que con la carga de las bicis y el estado de fuerzas se nos hacía realmente duro.
Durante la conversación de ayer con el propietario del Hotel en francés, el tío nos dijo que el precio era de “senquensen” dirhan por barba que nuestro traductor oficial interpretó como 55 dirhan, sin embargo, este refinado idioma nos hizo una jugarreta porque 55 y 150 se dicen prácticamente igual, y por supuesto el colega se refería a la segunda cifra. Otra vez nos estaban cobrando como europeos, unos 90 euracos por un viaje de 30 km, por lo que se puso en marcha nuestro departamento de negociaciones macroeconómicas, que no es otro que Dani diciendo ¿¿¿que me comeeeentas???? El hombre nos dice que el no tiene nada que ver, que es el precio del conductor, pero a estas alturas ya nos conocemos la película, y sabemos que todo trato tiene su comisión (como en nuestras concejaliás de urbanismo). Tras varias llamadas por teléfono, que todos creemos fueron fingidas, nos dice que ha conseguido bajarlo hasta 110 dirhan, haciéndonos un favor y perdiendo dinero por el consumo de su móvil. No nos queda otra que aceptar y el lo sabe.

Cuando llega el vehículo, no es precisamente una amplia furgoneta como la de Hasam, sino un viejo pic up con tres plazas delante y la plataforma trasera, en el que no tenemos ni idea de cómo van a ir nuestras jacas y nosotros. Sin embargo, otra cosa que ya hemos aprendido es que en Marruecos los vehículos tienen tres veces más capacidad de carga que en Europa, y poco a poco vamos poniendo las bicis en vertical sobre la cabina del coche consiguiendo colocarnos nosotros detrás.
Es curioso, porque cuando vimos el coche, ninguno de nosotros quería ir dentro, seguro y sentado cómodamente sin pasar frío, lo que me da que pensar que tal vez no sería una tontería visitar algún psicólogo al volver a Almería. El único que se sienta dentro, por no dejar solo al conductor, es Diego, mientras que el resto de zagales vamos sobre la plataforma mezclados con el entramado de tubos de las bicis infringiendo todas las normas de seguridad vial que nos podamos imaginar, y con una cara de ilusión en nuestras miradas que ni los niños en la noche de Reyes.

Salimos de Tinerhir totalmente helados con el frío de la mañana que nos cala hasta los huesos pero descojonados de risa, saludando a toda la gente que vemos por las calles, como si fuésemos en el papamóvil, a pesar de que el conductor no tiene muy en cuenta las cinco criaturas que lleva encima y va a toda hostia como la furgoneta del Equipo A en una de sus persecuciones, tanto que hasta tenemos que agarrarnos a las barras para no caernos. Como medida de precaución decidimos ponernos los cascos, más que nada para que nuestras cabezas queden más o menos bien en caso de vuelco, y puedan reutilizarse de pisapapeles o de sillas de playa.
Las vistas de la garganta del Todra, con la luz de la mañana sobre los paredones de caliza, observadas desde lo alto de una pic up cochambrosa tomando curvas a 60 km/h por el medio de una carretera que aquí no llegaría a pista forestal, no creo que se nos olviden en nuestra vida. De hecho, creo que íbamos tan alucinados que no nos percatamos del riesgo real de tal paseito hasta que nos encontramos con un viejo camión Bedford que iba en nuestro mismo sentido con el que entablamos una carrera al mas puro estilo Mad Max. El tío, después de hacerle un adelantamiento de los que ponen los pelos de punta, se pica y se nos pega detrás haciendo gracietas, sin embargo, a nosotros se nos ponen los pelos de punta cada vez que se acerca, como en “el diablo sobre ruedas”.

Una vez en Tamtatouch, paramos en el cruce del día anterior junto al colegio y descargamos las bicis mientras se forma un corro de críos a nuestro alrededor que no paran de pedir bolis, balones, dirhan, las bicis,….uno de ellos va en bici y nos sigue un buen rato retándonos insistentemente a una carrera, pero no aceptamos y le decimos varias veces que se vuelva a la escuela pero nos dice que no va al colegio. Antes de salir del pueblo paramos en el albergue del chaval que el día anterior en español nos sugería alojarnos en su Gite d’etape, y le compramos agua. Es demasiado pronto para empezar con el té.
La etapa de hoy nos lleva dirección norte al pueblo de Imilchil, y empieza con una zona llana asfaltada entre suaves colinas sin apenas vegetación que conseguimos recorrer con relativa facilidad pasando por los pueblos de adobe de Ait Hani y Toumliline, hasta que llegamos al primer puertazo del día. Unas simpáticas rampitas del 12 % bajo el sol del medio día africano y las alforjas cargadas hasta los topes con la comida que habíamos comprado el día anterior en el mercadillo de Tinerhir. A mitad del puerto decidimos hacer una parada para reagruparnos (esperando a los que, sintiendo la llamada de la naturaleza, se habían tenido que parar a “hacer unas gestiones”) Aprovechamos para quitarnos lastre (alguno como ya he comentado, lo dejó inteligentemente al comienzo del puerto) y nos comemos la fruta que nos estorbaba en las alforjas. De la montaña vemos que bajan un padre y sus dos hijos que cuidan de un rebaño de ovejas y se sientan con nosotros. No tenemos ni idea de cómo comunicarnos con ellos, porque no hablan nada de francés, pero les ofrecemos parte de nuestra fruta, unas manzanas y unos melones. A pesar de que llevan navaja para pelar la fruta nos piden la nuestra y se la dejamos, pero curiosamente uno de los críos se la guarda y se va corriendo al encuentro con su ganado. Nos quedamos sorprendidos, es una situación muy extraña, porque después de haber compartido con ellos la poca fruta que tenemos, nos están intentando robar. Le pedimos con educación que nos la devuelva pero el padre se hace el sueco una y otra vez. Solo cuando finalmente nos ponemos en pie con los brazos en jarra y las cejas apuntando a la nariz, le da una voz al niño y nos devuelven la shirla. Se nos queda un mal cuerpo después de esto, una mezcla de sensaciones raras. Por un lado, te da rabia que alguien con el que has compartido tu papeo te intente robar, pero también da que pensar las necesidades que pasan para tener que recurrir a cosas así.

Después de esta esperpéntica situación continuamos nuestro penar por el puertazo hasta que conseguimos coronar el Col de Tizi Tirherouzine con más de 2660 m. El paisaje que contemplamos es muy peculiar porque en medio de los áridos montes de colores ocres, hay una zona que nos llama la atención con una colina de roca muy oscura que tiene pinta de ser volcánica (el que quiera verlo está en las coordenadas 31º51’10’’ y 5º29’5’’ en el google)
En esta zona nos encontramos con un grupo de moteros catalanes que le dan unos caramelillos al niño Diego, con los que conversamos un buen rato. Continuamos el recorrido unos buenos kilómetros rondando a 2600 m de cota, siempre dirección norte por este paisaje lunar, para luego ir descendiendo suavemente hasta alcanzar la vega del río que pasa por el pueblo de Agoudal a unos 2350 m de altitud. Una vez en el pueblo recordamos que los moteros nos habían comentado que debíamos coger una variante para evitar un tramo de pista destrozado, pero como Mastrinkais por supuesto no hacemos ni caso a sus advertencias y nos decidimos por el recorrido del río, pasando con el peso de nuestras monturas una zona de enormes lascas que me recordaba a la cara oeste del Mulhacen. Tras esto, nos encontramos con otros dos moteros, a los que sensatamente advertimos que ni se les ocurra hacer lo que nosotros. Esto es motivo suficiente para ingresarnos en algún sanatorio a la vuelta.

Al fin llega la hora del papeo y elegimos una alameda fresquita junto al río, que con el sueño que llevaba durante todo el día, me produce una torrija del quince. En ese momento tenía mis dudas de si podría acabar la etapa. Poco mas adelante, encontramos a un grupo de ciclistas españoles que van haciendo etapas con la ayuda de un coche guía.
El viento que durante todo el día nos ha ayudado, empieza a darnos de cara justo después de comer, cuando las fuerzas flaquean más, y nos machaca. El trayecto va junto al cauce del río encajonado en el fondo de un bonito cañón, cuyas paredes sin plantas dejan ver increíbles pliegues en los estratos de roca desnuda. (Menudo friki de la geología estoy hecho, cosas de estas que a mi me flipan, igual son de lo más peñazo, pero como el que escribe soy yo pues “ajo y agua”, je, je, ….) El viento sigue la misma dirección que nosotros y que el río, pero el muy cabrón ha decidido ir en sentido opuesto. Esto parece una etapa llana del Tour, a toda leche tratando de no perder el rebufo del tío que llevas delante e incluso formando abanicos, de forma que casi sin levantar la cabeza llegamos al pueblo de Imilchil. Justo antes vimos el desvío al lago Isla, pero exigía unos cuantos kilómetros más de subida y nuestro cansancio de cuerpo y alma nos pedía un merecido descanso, así que decidimos dejarlos para otra ocasión.

Ya en el pueblo buscamos el mismo Hotel donde se alojaron nuestros predecesores El Beatle y El Comandante, del que teníamos buenas referencias que no defraudaron lo mas mínimo. Tras darnos una merecida ducha y hacer la correspondiente colada, aprovechamos para reparar algunos achaques de las jacas. Ese día no éramos los únicos ciclistas en el hotel, puesto que llegó otro grupo de españoles que viajaban con el mismo guía de nuestro compañeros. Por la noche nos repusimos con un cuscus de cordero que estaba para ponerle un piso. De entre el grupo de españoles había una supuesta doctora que le gustaba mas refregarse con los tíos que una cabra en una verja, y se ofreció a ayudarnos con algunas de nuestras lesiones…. Ya estarán vuestras mentes enfermas calenturientas pensando lo peor, imaginando alguna escena de peliculillas de madrugada. Pues nada de eso, además la chavala estaba algo descentrada, lo cual demostró la mañana siguiente desayunando en pie casi en ropa interior, mientras el resto estaban sentados a la mesa y bien abrigados porque hacía una rasca importante.

Después de nuestro tradicional ataque de risa en el que Dani siempre está a punto de expulsar la cena nos fuimos a dormir como angelitos.