II Expedición Mastrinkais a Marruecos, día 6 Msemril – Tinerhir

Como cada dia nos levanta de la cama a eso de las 6:30 el despertador del grupo, que sabe perfectamente que si es por el resto todavía hoy estariamos durmiendo en la acogedora, por llamarle de alguna manera, segunda planta del Bar Hotel de Msermril. Ayer cuando vimos lo guarra que estaba la parte de arriba, con el detalle de los cables de las bombillas negros de las cagadas de moscas, daba un poco de asquillo, pero a estas alturas del viaje ya estamos hechos a ver el lado positivo de las cosas. Incluso cuando el dueño nos puso la cena con cuatro platos y la cantidad para cuatro personas normales, obviando que éramos seis y con el hambre de doce.
Sin embargo, por la mañana se ven las cosas de otra manera mas optimista, y nos damos cuenta que seguramente el dueño será un viudo que se encarga de todo el solo de la mejor manera que puede y con la mejor de las sonrisas.

Después del desayuno que parecía un festín de buitres a base de pan con mantequilla, mermelada y te nos ponemos en marcha. Diego no se encuentra muy bien y ya en el desayuno se aprecian los síntomas puesto que apenas tiene apetito (lo que agradecemos los demás como aves carroñeras devorando su parte).
La etapa nos lleva desde Msemril, en la parte alta del valle del Dades, a Tinerhir, en el valle del Todra famoso por su garganta de paredes verticales, cruzando la zona montañosa que separa ambas cuencas.

Salimos del pueblo dirección NE por el camino de la vega del río, pasando por una senda estrecha que nos lleva a la salida de un barranco pedregoso y seco. El paisaje es tremendo, con paredes de roca en estratos que le dan una imagen geométrica casi artificial a esta zona tan salvaje. Poco a poco vamos cogiendo altura por el cauce, y va aflorando el agua del arroyo en algunas zonas con un efecto refrescante más psicológico que real. Apenas hay vegetación solo algunas manchas de un arbusto que se llama Boj (que también hay por algunas zonas de aquí). Se entiende que el ganado de la zona mantiene a raya las pocas plantas que se atreven a crecer en este rocoso barranco.

La mañana es muy calurosa, y el sol castiga duramente, por lo que antes de dejar el cauce para subir por una pista hasta el puerto del día, algunos aprovechamos para refrigerar empapándonos las cabezas en el agua fresquita y cristalina del arroyo, sabiendo que ya no lo veríamos más. No me quiero ir, porque se que en un rato la voy a echar de menos.
La pista va subiendo sin descanso pero con desniveles no muy duros. Diego no va muy fino por su dolor de tripa, ya que en condiciones normales iría en cabeza y tirando como en las carreras.
En las cercanías de la pista vemos tiendas y haimas de pastores nómadas bereberes, e incluso algunas viviendas aprovechando las cornisas de roca que sobresalen. En esta zona no hay cultivos puesto que no hay vega fértil en el río, y parece que la única forma de supervivencia posible es el ganado para aprovechar los escasos pastos de estos áridos montes. Me imagino lo difícil y dura que debe ser esta manera de vivir. También nos cruzamos varios rebaños de dromedarios, por un momento pienso que estoy alucinando por culpa del azote del sol y que detrás de una curva estarán los reyes magos para traernos algunos regalillos en forma de bicis con motor o cualquier cosa que alivie nuestro cansancio.

De algunas de las tiendas bereberes sale gente corriendo y gritando a nuestro encuentro al vernos pasar, pero normalmente pasamos antes de que lleguen. Son pastores que intentan vender con gran insistencia algunos fósiles a los pocos turistas que pasan por esta inhóspita zona. Sin embargo, en una rampa fuerte una niña pequeña consigue alcanzarnos después de correr mas de doscientos metros a toda velocidad. Esta vez nos paramos al ver la desesperación en la mirada de la cría, que nos enseña un fósil en su mano y apenas le queda aliento para pedir algo de dinero. Ver el esfuerzo tan grande que hizo una niña tan pequeña que debería estar jugando y no ganándose la vida, nos deja helados y le damos las monedas sueltas que tenemos. Detrás llega su hermano pequeño que es casi un bebe, y mas lejos viene su madre, pero ya no podemos esperar mas.

Tras llegar a la parte de arriba del puerto paramos a comer, y como siempre tenemos los panes redondos y su acompañamiento de embutidos y pescado de lata. Los primeros bocados son rápidos pero al poco se hace bola o lo que técnicamente se conoce como engoñiparse. Los últimos mordiscos al pan son más duros que subir el Mortirolo, no hay manera de pasarlos.
Después de la comida toca descenso hasta un nuevo valle. Menos mal, porque normalmente la sobremesa suele ser un puertazo cuesta arriba de los buenos con el calor del medio día. Vamos, lo que recomiendan los médicos para hacer una adecuada digestión. Al llegar al cauce seco, nos encontramos de manera inesperada con una garganta muy chula con paredes verticales que nos lleva a una nueva subida al segundo puerto del día. Desde el punto más alto ya vemos el pueblo de Tamtatouchte en la vega del Todra, al que llegamos con un largísimo descenso con algo de viento en contra, que parece una etapa llana del Tour, con Congrio y Diego ya repuesto en cabeza tirando como posesos, y el resto en persecución por equipos.

Una vez en el pueblo nos reagrupamos. Nada mas llegar llamamos la atención de la gente que había por allí, y se forma un corro en torno a nosotros. A estas alturas ya nos hemos acostumbrado y lo llevamos con naturalidad. Los crios pidiendonos bolis, caramelos, dirjan, las bicis,… Un chaval habla español y nos sugiere que nos alojemos en su Gite d’etape. Parece muy buena gente, nos cuenta que aprendió español de hablar con los turistas porque no ha ido al colegio. No podemos quedarnos en su albergue, porque nos dirigimos río abajo hasta Tinerhir, pero le decimos que si pasamos mañana a buena hora nos tomaremos un té con ellos.

La carretera esta asfaltada y es una bajada continua de unos treinta km hasta Tinerhir, discurriendo siempre junto al cauce del Todra. Por una vez toca descansar y disfrutar completamente del paisaje que es increíble. El barranco tiene unas paredes enormes que poco a poco se van estrechando a medida que descendemos. En el camino se nos cruza varias veces una especie de ardilla, que nos deja flipando porque no hay ningún árbol cerca. No tenemos ni idea de lo que puede ser. ¿Tal vez la típica alucinación colectiva debido al mal de altura?

El hambre aprieta otra vez, pero decidimos no parar hasta que veamos la parte mas impresionante de la garganta del Todra a la que llegamos rápidamente. La identificamos, además de por la inmensidad de sus paredes, por los puestecillos de regalillos, las obras y los guiris (algunos españoles). Pasamos rápido esta zona famosa de unos doscientos metros, que en esas condiciones la verdad es que no tiene tanto encanto como me imaginaba, y nos paramos a comer en un bonito paraje bajo un olivar junto al río. Una vez que Dani nos explicó que las vallas no se saltan sino que se pasan y cual es la manera adecuada de hacerlo, tras devorar la comida y bebernos de postre un tarro de mermelada, nos ponemos en marcha de nuevo, hasta llegar al fabuloso palmeral de Tinerhir.

El pueblo que es bastante grande, se extiende a los lados del tremendo palmeral que ocupa la vega del río. Nos toca buscar el hotel Tombuctú que lo llevábamos señalado de antemano, y es un hotel para guiris de los de 30 lebratos la noche. Por suerte esta completo, y nos mandan a otro, el Kasbah, que al principio da mal royo porque está en obras, pero finalmente está cojonudo. Tras dialogar con los dueños nuestro traductor Eu y nuestro negociador Dani, decidimos quedarnos. El currante del hotel es genial, pocas veces he visto una persona tan dedicada a su trabajo. Nos atiende constantemente, nos gestiona un coche para el dia siguiente remontar hasta Tamtatouchte, en incluso es fisioterapeuta aficionado.

Vamos a comprar provisiones pero Tinerhir es grande y está lleno de listillos. Varios nos ofrecen sus servicios pero conseguimos esquivarlos, excepto uno que nos cuenta que tiene una hermana en Barcelona y nos acompaña al mercado de fruta. Como contrapartida nos obliga a ver su tienda de alfombras y recuerdos bereberes. No le sirve que le expliquemos como viajamos y que no podemos comprarle nada, es imposible zafarse de la visita, y alli nos vemos sentados tomando un té y viendo las maravillas de la artesania marroquí. El hombre es muy amable y nos da mucha pena pero nos vamos sin comprar nada.
Llegamos con el tiempo justo para una cena de escándalo y a dormir que mañana toca madrugar de nuevo.