LA LEYENDA DEL JINCAPUNTALES

 

Por petición popular, voy a describir brevemente la ruta que sufrí en mis carnes el sábado pasado.

Los mastrinkais no sólo tenemos virtudes. Aunque parezca mentira, en ocasiones mostramos nuestros defectos.

En nuestras habituales rutas vamos desarrollando, además de nuestra musculatura y nuestra resistencia al esfuerzo, nuestro ingenio y humor característico, generando como consecuencia grandes ideas y grandes proyectos ciclistas. Pero otras veces desemboca, sin que nos demos cuenta, en retos que rozan el sadismo y la tortura, lo que habitualmente se conoce “por la boca muere el pez”.

Principalmente con “aquel que procede de la luz” y con “el que vino del mar para quedarse en la tierra” comenté la idea de realizar una gesta jamás antes escuchada, la de hacer puntales hasta reventar, de hacer 24 horas completas en el Puntal, de hacer cinco puntales, pero en mi imaginación me veía haciendo puntales hasta el día de mi jubilación, y entonces llegar a ser alguien en la historia de la Humanidad, un personaje único, un personaje de leyenda, LA LEYENDA DEL JINCAPUNTALES.

Mis compañeros ideales para tal gesta eran el bichito y el congrio, pero a un mes de mi reto del año, fuerzo el intento a pesar que el bichito no puede por cuestiones personales, y el congrio, el congrio,…, está todo el día bailando la congria de jalisco.

Son las 8 y 18 minutos de la mañana, mi marranica aparcada en el Mini Hollywood con el maletero cargado de reservas. Salgo con algo de fresco, pero el día está claro y pinta calor.

En la primeras rampas, leo los primeros mensajes de mi añorado canuto y eso me anima. Las piernas van bien, pero hay algo que me preocupa, es como una losa en mi pensamiento, la idea de tener que pasar por allí “indeterminadas” veces más.

Hago una primera subida rápida, mirando varias veces el reloj, ya que hay anunciada una ruta desde Almería con el Bichito, Dani y sus colegas. Intento llegar arriba y coincidir con ellos en el Mini Hollywood, para hacer con ellos la segunda subida. Tras terminar la primera subida me preocupa esa losa que pesa en mi pensamiento.

Una bajada rápida y el encuentro con grupos de ciclistas refuerzan mi ánimo. Bajo bastante rápido a pesar del terreno suelto y cojo al grupo a tres kilómetros aproximadamente del Mini Hollywood, así que me engancho con ellos. Los amigos de Dani se pierden por delante, Dani pasados unos kilómetros sale detrás de ellos con esas alforjas que solo Dios y él saben lo que portan, y el bichito y yo nos quedamos con el run run y el palique.

Entre risas y cachondeo, y sin darnos cuenta, hacemos el cambio de vertiente, lo que nos da que pensar, este reto en compañía el algo totalmente distinto a hacerlo en soledad, y me acuerdo en ese momento del amigo Carlos Cano, haciéndose a lo tonto dos puntales en soledad, en dos ocasiones que yo sepa. En ese momento entiendo en mis carnes el mérito de su hazaña.

Durante la segunda subida convenzo facilmente al bichito para que se baje conmigo y suba nuevamente el Puntal. No tan fácil como convencerlo para que venga al Soplao. Lo veo tierno, pero no lo suficiente.

Tras despedirnos del cuñao Dani y de sus secuaces, hacemos un descenso vertiginoso tipo Bichito DH, que casi iguala el tiempo de subida, y llegamos hasta el Mini Hollywood. Es allí donde el bichito comete un error imperdonable, uno más propio de mí o de cualquier m3k en periodo de aprendizaje, que de uno de los de antes.

La vida pasa ante mis ojos cuando lo veo coger el móvil y pronunciar esas aterradoras palabras “voy a llamar a mi mujer”. A los pocos segundos, la expresión de su cara cambia repentinamente y se vuelve seria.

Observo como da coletazos desesperados como congrio acorralado por el amor, pero se encuentra en la tela de araña, en el embudo que irremediablemente solo lleva a un camino, el de su casa, con su señora.

Incrédulo y entre expresiones de indignación veo como el bichito de la luz se aleja de los aparcamientos con su bicicleta coja, pero antes de perderlo de vista amenaza con “pues ale mañana me voy a Nuevo Mundo por mis santos cojones. Tu tira para arriba”.

Trago saliva, miro al cielo, totalmente despejado y un sol abrasador, miro al Puntal y siento… miedo. Tengo una obligación, pero qué sentido tiene volver a subir, por qué he de hacerlo. Me surgen las dudas, y esa losa pesa más que nunca.

Comienzo la subida, no me lo puedo creer, pierde sentido el mensaje de Cano preguntándome si me hace un puntal. Las piernas ya no muestran la agilidad de la primera subida, pero eso es lo de menos. La cabeza, eso es lo peor. Pongo desarrollos blandos para poder tragar las duras rampas iniciales. El calor es abrasador, noto como me quemo, pero sigo adelante.

A partir de aquí todo lo que puedo contar son historias de pena, de sufrimiento, historias de desmotivación y dudas acerca de lo racional de mis actos. Me replanteo mi vida, mis aficiones, y llega a durar más la subida me replanteo hasta mi sexo, viva el curling y living la vida loca!!!.

Son esos momentos críticos en los que valoras los pequeños detalles y entiendes el sacrificio de esos ciclistas tanto profesionales como lo que no lo son, cuando se aventuran en rutas solitarias con el único propósito de entrenar, de hacer series, de castigarse, un día tras otro.

Termino la subida con un ritmo lento y triste. A pesar de estar allí, me invade una sensación de derrota. El Puntal me ha destrozado animicamente. Me he confiado, lo he subestimado, como casi siempre hacemos, y lo he pagado.

El descenso lo hago en un silencio sólo roto por el chirriar de mis frenos. Sólo quiero subirme al coche y llegar a mi casa, ducharme y acostarme. Cuando me subo en el coche miro hacia arriba y pienso “hoy has podido, pero ya te pillaré”.  

“No me gustan ni las bicicletas ni el ciclismo, ni el Puntal tampoco me gusta. Sólo me gustan el vino y las mujeres”.