UNA TARDE EN LA CASA DE DIOS.

La más tonta de las salidas entre semana puede ser motivo para escribir una crónica.

Un miércoles entre semana, inmerso en los quehaceres diarios, recibo una llamada del Excmo. Secretario alrededor de las tres y media de la tarde. Básicamente decía “si nos hacíamos un Nuevo Mundo”. Cuando consigo desocuparme lo llamo y le contesto que si pasamos antes por el Puntal.

Bromas aparte, finalmente quedamos en que lo llamo en cuanto esté listo. Y esa hora es las cuatro y media de la tarde. Le digo que esté listo en el Quemadero, que algo haremos.

En el camino veo a lo lejos un ciclista de colores. Me lo vuelvo a encontrar en el Quemadero. Es Juanjo, perdido desde hace bastante tiempo. Juntos vamos a recoger a Cano a su cochera, y emprendemos la marcha.

El ritmo desde principio es de “apartapiedras”. Vamos en plan vespino para arriba, siempre guiados por el ritmo impuesto por Cano. Juanjo y yo hacemos el yo-yo detrás.

Sin descanso llegamos a la higuera, y al mirar al frente veo como las nubes no dejan ver la cima de la montaña. El camino de piedras se pierde en una espesa nube. Paro a quitarle algo de aire a la rueda delantera, Cano comienza el tortuoso camino, a poca distancia Juanja, y yo tranquilo a unos metros.

Se comienza la subida a ritmo. Me aproximo a Juanjo, que empieza a sufrir la falta de montura. Lo adelanto y veo a Cano a unos metros, pero alcanzarlo es harina de otro costal, así que me limito a subir guardando fuerzas para el resto del camino.

Llegando al final del camino se ve a la izquierda entre la niebla la increíble vista aérea de Almería. El paisaje se vuelve indescriptible. La niebla corre sobre el camino creando una inquietante sensación de soledad. Sólo se escucha el jadeo de la respiración y el golpeteo de las piedras entre sí. Aunque hay tres, allí no hay nadie más que yo.

Termino el camino de piedras y se dibuja al fondo la silueta del Exmo. Secretario. Me paro con él y le planteo las opciones, que se vuelva con Juanjo, con prisa para ver el partido del Almería, o que se venga conmigo hasta el Parque eólico y desde ya veremos.

En sus ojos veo dos respuestas, la racional pensando en volverse, y la mastrinkais, que es la que sale por su boca decidiendo acompañarme.

Esperamos a que llegue Juanjo, que llega con el culo como un bebedero de patos. Nos deja su luz y nos perdemos en un descenso entre la niebla. Comenzamos a subir las rampas que nos llevan hasta Enix. Todo este camino es un contraste entre el frío de las bajadas y el calor de las subidas.

Tan densa era la niebla, que por poco nos estrellamos con la fuente de Enix, donde paramos a repostar, y rápidamente comenzamos la subida que nos llevará al Parque eólico.

La niebla da un respiro, pero sólo hasta llegar al cruce de Enix. A partir de ahí nos volvemos a perder entre las nubes, pero esta vez en serio. Avanzamos, y tras dedicarle un breve vídeo al congrio, seguimos subiendo. La niebla se hace tan espesa, que los coches que vienen de frente los ves cuando ya los tienes encima, y son las siete de la tarde.

La humedad se hace patente en nuestros cuerpos. Al echar un leve vistazo al cuentakilómetros, algo llama mi atención. Mis brazos están blancos, todas las cerdas están cubiertas de minúsculas gotas de agua. El agua nos rodea por todas partes, el paisaje parece irreal. No dejamos de hacer semejanzas con la tierra de Don Pelayo, casi esperamos encontrarnos el lago Enol en la próxima curva, y un poco más allá el Ercina, pero no encontramos vacas en el camino, así que, aunque nos parezca mentira, estamos en Almería. Esa que antaño fuera árida y soleada.

Seguimos subiendo a buen ritmo y, al no tener referencias visuales, nos vuelve a pasar lo mismo, casi nos pasamos el final del puerto. Parada rápida para ponerse el chubasquero, y de repente salta la alarma cuando al doblar el manillar noto dificultad al girar y un ruído de goma sospechoso. La rueda de delante va muy floja.

Mi compañero de fatigas me “reconforta” con un “ostia tío, pues yo no llevo cámaras”, vamos, lo más normal del mundo. Yo le digo que mi bici no puede pinchar, así que nos ponemos a echarle aire en una posición que a Dios doy gracias por no pasar en ese momento ningún coche. Yo con mi posición “natural” de inflamiento, que todos conocéis, y Cano sentado en el suelo frente a mí. Cada bombeo se dirigía a su boca, así que la estampa era un poco… comprometida de cara a la galería.

De repente, casi sin darnos cuenta, notamos mucha oscuridad, nos tiramos a toda velocidad por el mismo camino de subida. A los pocos metros tenemos que quitarnos la gafas empapadas de agua. Seguimos un vertiginoso descenso, que en pocos metros se hace aún más espeso. Calculo que tendríamos aproximadamente unos diez metros de visibilidad, pero bajando a toda velocidad sientes que las curvas se te echan encima.

Vamos bajando y gritando como descosidos. Como el congrio ya no nos acompaña a las rutas, rememoramos sus yujus con cariño y la nostalgia nos invade. No nos metemos con él con maldad, sino porque echamos de menos su omnipresencia. Además, él nunca me hubiera dicho “ostia tío, pues yo no llevo cámaras”.

Volamos por la recta de Felix que nos saca de la nube. Ya es prácticamente de noche. Seguimos el vertiginoso descenso hasta llegar a casa de la familia política del Excmo. Secretario. Tras la visita sorpresa nos dirigimos a casa de mis padres para robarle el coche a mis padres y volver a Almería.

Tras una frustrada visita a mi casa en propiedad, ya que una vez en la puerta me di cuenta que no llevaba llaves, cogemos el camino hacia Almería. A Cano le voy contando historietillas por el camino, como que no se conducir con las calas, mientras el coche no dejaba de hacer extraños, pero en una loca tarde como la vivida, eso, en vez de acojonarte, no hace otra cosa que darte risa.

Esto no deja de ser una historia más. Una salida entre semana de esos locos mastrinkais.