DOMINGO DE EXPLORACIÓN.

La falta de ritmo casi me hace esta mañana renunciar a una ruta que me ha hecho recordar viejos tiempos.

La ola de frío que azota nuestro territorio ha hecho muy pesado ponerse la ropa, la bici y salir por la puerta.
He llegado tarde, como en los viejos tiempos. Los que allí estuvieran ya no lo están. Salgo detrás de “ellos”. Intento ir más rápido, pero no me puedo permitir lujos. Gracias a que “ellos” van tranquilos, veo sus figuras, la del congrio y el bichito en el cruce de los Baños.

Hace mucho frío. Llevo los pies y las manos heladas, me cubro las orejas, pero hace frío.
Nos dirigimos hacia terreno bastante conocido, zona de ramblas que nos llevan hacia Las Alcubillas. Parece mentira, pero vamos buscando lo que otros odian, lo que otros intentan evitar, de lo que un ciclista cabal huiría. Vamos buscando barro, con la única intención de adiestrar nuestro cuerpo de cara a la posible participación en los 10000 del soplao.

Entramos poco a poco en un terreno fangoso, pegajoso. Nuestras ruedas van aumentando su grosor, empieza a saltar barro por todos lados. En poco tiempo la ruta se convierte en un castigo para nuestras piernas y para nuestras monturas. La cadena patina, no se ve el desviador, las barras de la horquilla están repletas de barro, todo era barro, pero a pesar de los ruidos, de los fallos de transmisión, nos movemos mejor de lo que pensábamos, pero a pesar de todo casi 170 km. son palabras mayores.

Llegando a Las Alcubillas desaparece el barro de las cubiertas, el terreno se vuelve más compacto y nos dirigimos al Ricaveral. Aquí el bichito incluye un complemento a la ruta que enriquece la misma, una sesión de exploración por las inmediaciones del Ricaveral, lo que nos hace descubrir una línea divisoria entre densos bosques de pinos y la aridez del desierto almeriense, vamos, una maravilla.

Nos detenemos en un reservado para colmenas y nos debatimos entre continuar la exploración por una zona de sendero o volver al Ricaveral. Mis deberes familiares frenan el “nervio” del bichito para lanzarse a la aventura de los temibles senderos, así que volvemos hacia atrás, con la promesa de un próximo ataque y abrir nuevas “vías” para los BICI-OSOS de este deporte.
Vuelta por las ramblas de antes, el bichito y yo rodando, el congrio fogando su “nervio” por los escasos escapes de adrenalina.

Casi sin darnos cuenta llegamos a Almería con casi 100 en las piernas, justo a tiempo y yo dando gracias por haber vencido la pereza matutina.

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