GLORIOSA RUTA DE “LOS DE ANTES”.

Lo siento por todos los demás pero para disfrutar de esta ruta hace falta ser uno de “los de antes”. Sesenta y dos kilómetros de gloria, de disfrutar metro a metro desde el valle hasta las altas cimas de Las Catifas a 2.300 metros de altitud. Envueltos en un paisaje sobrecogedor, el comandante y yo (el bichito), hemos pasado una mañana de ensueño. Desde Purullena, donde hemos dejado el coche, hemos comenzado un ligero calentamiento ascendente hasta un mirador donde se veía La Peza y su valle.

Allí nos esperaba un maestro jubilado que iba a expoliar piedras para hacer una rocalla de jardín, eso sí con el consentimiento de Medio Ambiente, en ese momento el comandante, que no sabe torear en estas plazas, se ha tenido que dar la vuelta riéndose por lo bajini, mientras que el hombre me mostraba el diseño del jardín.
En ese punto se coge un camino a la izquierda que nos subirá hasta el Alto de La Catifas, poco a poco vamos cambiando de paisaje; los olivos, los almendros y los árboles frutales van dejando paso a los pinos y más arriba un encinar, después más pinos.
De pronto una valla, una gran valla, la más enorme que se ha encontrado un mastrinkais, con unas enormes letras en la puerta A R, el comandante pregunta mientras yo salto; el track es el track y no vamos a perderlo a los 18 kilómetros. Se acaba la vegetación alta a los 1600 metros de altitud, pero hace fresquito y le informo al comandante de que por ahí hay… una ganadería, que a lo mejor…
“¡Coño bichito! ¡Toros! Yo me doy la vuelta.”
“Ehhhh… En peores plazas he toreado.”
Su miedo me hace dudar, joder el camino pasa por medio de la manada, ¿serán bravos? Intentamos saltar la valla de la finca que estaba al lado del camino, inviable dos metros y medio de altura, ni con pértiga, como estamos del reuma el comandante y yo.
Armados de miedo pasamos por el camino, los toros impasibles, nos miran. “¡Que joputas! No nos quitan la mirada”. Cuando los sobrepasamos el comandante le saca fuego al molinillo, me deja cientos de metros, lo que hace el… “valor”.
Alcanzamos la cima, volcamos a la otra vertiente en una dura pelea con las piedras y la verticalidad y enfrente de nosotros… el Veleta, el Mulhacen, la Alcazaba, Guejar Sierra, Los Lavaderos se adivinan en el otro valle, los primeros neveros que quedan todavía, el Picón de Jerez, la cascada del Alhorí a lo lejos. Nos quedamos mudos. Y extasiados al coger un sendero en buenas condiciones a 2200 metros de altitud, se acaba. Vemos el camino que tenemos que coger por debajo, y decidimos atajar a trocha monte. Nos cuesta cuarenta minutos por los piornales. No hay atajo, sin trabajo.
La bajada es un gustazo, vamos desandando los paisajes que hemos subido, pasamos por un tentadero, el comandante afirma que eran reses bravas. Yo no creo que sea para tanto. El río se desborda e inunda el camino, nos embarramos, salimos de la finca por una cerca y la dejamos bien cerrada, somos personas de bien. Me acuerdo del congrio, se hubiera muerto de gusto porque el camino estaba surcado por desagües con forma de pequeños badenes que invitaban a saltar. Se va acabando la ruta, no sin los pertinentes ataques del comandante, estoy más fuerte que el vinagre y firmamos la paz. Llegamos y nos metemos un par de cervezas, de medio litro, el comandante me controla más que mi mujer y el congrio juntos.
Durante el camino de vuelta pienso podíamos llamarnos Los GeoMastrinkais Club de Mountain Birra.

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