MARTES. NO ES MAL DÍA PARA PEDALEAR.

Somos gente afortunada. Unos más, otros algo menos, pero hacemos lo que nos gusta, pedalear, y si es junto a gente de antes, mejor. Si es junto a congrios, mejor. Si todo ello se hace en un escenario tan salvaje como las inmediaciones del Calar Alto, conseguimos elevar la ruta a un estado de satisfacción emocional tan grande, que no puedes evitar sentir una paz interior durante y después de esta tarde tan difícil de describir con simples palabras.

Quiero pensar que los integrantes de los mastrinkais tenemos una energía especial, un karma característico, ya que, difícilmente hacemos una ruta sin que pasen multitud de anécdotas, y hoy no iba a ser menos, por supuesto.

Tres guerreros del mountainbike, tres, cada uno de su padre y de su madre, tres mastrinkais quedan a las 4 y media. Inexplicablemente Germinator, un servidor, llega a su hora, pero con un pequeño pellizco en el estómago. Al meter la bici en el coche, noto como la rueda trasera va floja. Llego con el tiempo justo y pinchado “la que me va a caer de estos dos comeollas…” pienso. Pero no están. En ese momento recibo la llamada del congrio haciéndome creer que me están esperando. Me bajo rápido y comienzo a arreglar el pinchazo. Ellos llegan renegando como siempre. Me recuerdan a los muñecos de José Luis Moreno. No os recuerda el congrio a Monchito? Y el bichito, acaso no os recuerda a Rockefeller? Bueno, serán suposiciones mías. Quizás yo me parezca a Doña Rogelia.

El caso es que salimos a las 5 menos 10 aproximadamente. El bicho no se anda con tonterías. Las primeras pedaladas a saco, tipo carrera. Monchito, que diga, el congrio se queja mientras jadea. Vamos fríos y el bicho nos calienta a base de bien. Tenemos que tirar de testiculina y aplacar la ira del bicho, pero no es fácil.

El ritmo de subida es infernal, sin cabeza, sin pensar en qué vendrá después. Los kilómetros de subida van pasando y la media ronda los 15 km/h. y sin bajar ritmo. El congrio va sobrado que te cagas. Yo, en mi puntillo diésel, y el bicho nos sigue muy de cerca. Olula de Castro, y cogemos una carretera-sendero que nos lleva a Castro Filabres, un pueblo invisible. En dicha carretera el congrio casi se sube en el radiador de un todo terreno y se va a dar una vuelta por ahí. Nos da un buen susto, pero ya sabéis, los congrios se caracterizan por su gran agilidad, así que no hay mayores problemas.

Las ruedas giran por encima de piedras, por encima de asfalto, por encima de todo, y la belleza del paisaje va creciendo exponencialmente mientras avanzamos. Quizás la belleza del paisaje, quizás la pérdida de cobertura del GPS del bicho, o quizás un mapa almacenado en el GPS distinto al de la ruta prevista, hacen que nos adentremos en la sierra por el camino equivocado. Los tecnológicos se paran una y otra vez, tocan sus instrumentos, los giran, le dan vueltas, los agitan, pero no consiguen ver el camino. Yo mientras miro al cielo, tras la inmensidad de la roca, surgen nubes grises como el plomo. La montaña nos avisa que estamos en sus dominios. Durante el resto del camino mantenemos la cautela, siempre tranquilos ante la facilidad de escape.

Llega el momento en que decidimos dar la vuelta. Ya que habíamos bajado bastante, así que toca subir, especular en cada cruce de caminos y volver al camino seguro. Aquel camino conocido por el bichito de la luz. Más vale sabiduría popular que GPS de última generación.

Entramos en el camino que nos lleva al tallón alto, camino hacia el cielo. Avanzamos por un camino rodeado de grandes montañas, una belleza, que como he dicho, va creciendo a pasos agigantados. La poesía del momento se ve interrumpida por una llamada al bicho. Son buenas noticias. Ya lo sabíamos, pero era para ultimar los detalles de equipamiento de su tan esperada bicicleta. Esperada por él y esperada por el congrio. Con suerte la tendremos mañana entre nosotros, y pronto recibirá el bautizo para pasar a ser una mastrinbike.

Entramos en zona de pinos. Las recientes talas hacen que el suelo esté cubierto de restos de la misma. Las ruedas parecen pegarse al suelo, incluso en bajada. Durante este trayecto surgen pequeñas anécdotas que arrancan risas, que rompen la monotonía del “que guaaaapo!!!”, sobre todo la llegada de zonas “técnicas” de barro, o mejor dicho pequeños charcos que casi hacen que nos subamos unos encima de otros con las bicis. Vaya torpeza. Que tiemblen los participantes de las carreras a las que vayamos proximamente.

Finalmente, tras los retos del incombustible congrio, imposible de batir, llegamos a la carretera que da al Calar Alto. El día se acaba. Hablamos del frontal que llevo en la mochila. En este momento nos da risa, más tarde no dará tanta, bueno sí, definitivamente van a tener razón aquellos que piensan que estamos bastante locos.

Comienza la bajada hacia la rambla de Gérgal. Ha sido una bajada normal, porque si os digo que ha sido alucinante, que tenía unas curvas cerradas impresionantes, que te arrancaba una sonrisa mientras bajabas, vais a pensar “como siempre”, así que ha sido una bajada normal.

Pasando una zona técnica de las de verdad para el bicho y para mí, de las alucinantes para el congrio, noto sensaciones extrañas en la rueda delantera. Voy mosqueado, no voy a gusto. Efectivamente, he vuelto a pinchar. El terreno es demasiado “salvaje” y llevo en la cubierta una espina que hace que paremos cuando menos hacía falta. El Sol hace tiempo que se fue. En la profundidad de los valles reina las sombras y la oscuridad. Cambiamos el pinchazo todo lo rápido que podemos, mientras el bicho nos ilustra acerca de la historial del lugar, y finalmente terminamos desembocando en la rambla.

Conforme transcurre la rambla, pasamos de una visión tridimensional a otra bien distinta, sin relieve, donde se distinguen pequeñas manchas a gran velocidad. Vamos cogiendo todas las piedras, todas las ramas. Entre el silencio del anochecer se escuchan los perros, cercanos, las piedras golpeando los cuadros, los gritos del congrio arrancados por los latigazos que le propinan las ramas del suelo. El bichito entona su “soy minero”. Creo que jamás se hubiera imaginado ir de noche por la rambla de Gérgal, intuyendo más que viendo el camino.

Pienso en coger el frontal, pero la cercanía del pueblo de Gérgal es inminente, pero la luz cada vez es más escasa. Tanto, que llegando a Gérgal le digo al congrio “Dios, mira que pedazo de casa, de quién será?” Pues resulta que era el Castillo de Gérgal, así que fíjaros si iba fino.

Cogemos un desvío a la derecha que nos introduce en el pueblo. Me suena la subida, un repechón corto, pero de los buenos. El congrio va por delante, detrás el bicho, y yo cerrando. Me acerco al bicho, y cuando me pongo a su altura, cerca de él, realiza un giro repentino y sufro una cornada inesperada. El, por su complexión más delgada, sale disparado, poniendo pie a tierra en pleno repechón. Se mantiene en silencio, pero noto su ira como rayos fulminantes sobre mi. Aún así, y con la mala influencia del congrio, no puedo aguantar la risa. Mientras esto ocurre, vuelve a caer, esta vez al suelo. Nos miramos incrédulos. Los pedales parecen estar demasiado duros. Finalmente la ira se convierte en la amenaza de sufrir dos hostias suyas cuando pasa a mi lado. Se ve que aguantarse la risa no es bueno, porque siento un dolor en los abdominales insoportable. Intento terminar la ruta vivo, así que paso de hacer sangre del tema.

La carretera nos lleva a Montellano, de donde partimos hace 4 horas y media. Que gran tarde, inmejorable. Ciclismo del bueno, paisajes impresionantes, bichos y congrios, y encima aventura bestial. Qué más se puede pedir? Sí, se me ocurre algo, poder haber parado en el Montellano a ponernos ciegos de cerveza. Las obligaciones familiares, en este caso del bicho, han abortado la idea, con lo bien que olía. Seguro que otra vez será.

ibp


Ruta en bici 159737 – powered by Bikemap