SUBIDA A ENIX: UN PASEO POR LAS PIEDRAS.

La esencia de los mastrinkais determina que no hay salida pequeña. Un mastrinkais es un ciclista attípico, una especie única. Para entenderlo hay que estar junto a él.


Todo ha empezado esta mañana con un correo electrónico, “Esta tarde salgo con la bici, que decís?”. Ahí ha comenzado esta pequeña historia. Una historia, que en mi cabeza, sentado junto al ordenador, me deja un sabor agridulce.

A las 16:15, el congrio me ve aparecer al fondo. No cree lo que sus ojos ven. Se le olvidan los 33 segundos 22 centésimas que he llegado tarde. Su cara de asombro es debido a que aparezco con mi antigua bicicleta, sin aire en la horquilla, y una transmisión castigada por el paso de los años y las batallas vividas.


Tras pedirme explicaciones, y no recibirlas satisfactoriamente por la incoherencia de mis palabras, emprendemos la marcha.

Hoy han subido dos mastrinkais, uno disfrutando por su grandiosas sensaciones sobre la bicicleta. Detalle que ha marcado el carácter dulce de esta salida. La situación vivida por el congrio el sábado fue una simple pájara, de las que todos hemos sufrido sobre la bicicleta. No ha habido bajón de forma. Esas dos semanas no han causado mella en él. Venía de batir marcas en otras disciplinas, y hoy estaba que se salía. Según mi teoría, es primavera y este niño no está fogado. Ya sabes Congrio, más conejo de carne y menos zambomba.

Ahora centrémonos en el calvario personal que he vivido. La subida ha comenzado con la bici saltando de plato, del grande al pequeño, del pequeño al mediano, realizando todas las combinaciones posibles. A la vez saltaba de un piñón a otro, y en el mismo piñón resbalaba. Cada incidente de este tipo transmitía un latigazo a mis músculos, que iban acusando cada vez más el cansancio, haciéndome agachar la cabeza.

Mientras el individuo que llevaba a mi lado iba increpándome que le estaba jodiendo el entrenamiento. Hacía caballitos, decía esa frase tan graciosa de “me aburro”. Gracias que no se ha puesto al alcance de mis puños.

A la presa hemos llegado 5 minutos después del tiempo realizado por el congrio y yo otro día (teniendo en cuenta una miniparada del congrio para saludar a un colega). Al cortijo hemos llegado con 6 minutos de retraso.

Hemos seguido nuestro camino entre risas y proyectos futuros que quedarán en meros sueños ciclistas. Hemos pasado la loma de los pinchazos y hemos iniciado la segunda parte de la vuelta. El congrio ha subido como una exhalación y me ha esperado en la “cumbre”.

Comienza el descenso. Algo se respiraba en el ambiente. No tenía buenas sensaciones. Las achacaba a la pena sufrida en la subida, pero el futuro inmediato me tenía preparada una mala pasada. El congrio se adelanta, yo le sigo. La diferencia entre mi nueva bicicleta y esta es inexplicable. Voy tragando todas las piedras del camino con mis muñecas, ya que todas las “turbulencias” eran transmitidas desde mi horquilla de “NO SUSPENSION”.

Es entonces cuando llegamos al peor tramo de esa bajada. Siempre la miro con recelo, paso con cuidado. Llegas con velocidad. Y es esa velocidad la que te hace pasar rápido, casi flotando sobre el mar de piedras.

Esta tarde no ha ocurrido así. He entrado más hacia la izquierda que de costumbre. A partir de aquí me he visto inmerso en una espiral de descontrol que no auguraba un final feliz. De repente la vista se ha nublado. Mi intención era disminuir la velocidad, el cambio de dirección se ha hecho inviable. El camino giraba levemente hacia la derecha y mi dirección era en sentido contrario, hacia el borde del camino. Las piedras que encontraban mis ruedas eran cada vez más grandes y más difíciles de rebasar.

“Torre de control, solicitamos permiso para aterrizaje de emergencia” “Imposible, las condiciones no lo permiten” “Torre de control, no hay otra posibilidad, tenemos que aterrizar” “Pues agárrate los machos, te vas a cagal” El piloto, en este caso yo, despliega los flaps de la horquilla delantera, que para los que no la hayáis visto, son las pegatinas de SID que tiene a medio despegar después del baño del brujo. Doy un grito percatándome de lo que va a ocurrir. Este sirve para que el congrio sea expectador de excepción. Una gran piedra detiene rápidamente esta carrera hacia el infierno. El tiempo se detiene, la bici se para en seco, no veo el manillar, suelto las manos, estoy en el aire, veo delante de mí una gran mata de esparto. Empiezo a tocarla con las manos, parece blandita.

En ese momento siento un dolor intenso en la rodilla izquierda. Acabo de golpearme la rodilla y los dos gemelos con las piedras, pero caigo de cabeza en la mata de esparto. Que blandita. Rápidamente vuelvo a la dolorosa realidad. Estoy tumbado escuchando las preguntas del congrio “pero que haces?” “pues nada, pegándome una púa, que tengo ganas de que llegue el verano, no te jode” (pienso yo).

Pasan el minuto. Ese minuto en el que intentas concentrarte en el dolor. Analizas cada sensación, buscando si has sufrido algún daño grave. Solo es dolor. Me miro la rodilla, ya ha comenzado a hincharse. Contesto con dificultad a las preguntas del congrio. Hago un esfuerzo y me levanto, voy cojeando hacia mi bici, se la pido al congrio y me voy con ella andando. Me vuelvo a subir.

No ha terminado el calvario. Entre el dolor que experimento, en otra zona de piedras, tengo que sacar el pie de la cala. Casi vuelvo a caer. Llegamos al final del camino de piedras y me doy cuenta que no llevo botella. Me la he dejado, así que el congrio poco menos que me obliga a volver al lugar del siniestro.

Dejo la bici antes de las piedras y me acerco andando. El congrio me sugiere que no corra, no vaya a torcerme un pie. Recupero la botella y volvemos.

En el descenso, en una curva, casi vuelvo a caer. En mi cabeza sólo pasa un pensamiento, volveré a ver a mi mujer? Le digo al congrio que le transmita mis últimas voluntades?.

Terminamos el descenso, y nos vamos a enseñarle a Diego mi nuevo tatuaje. Desde aquí mando un mensaje-sugerencia a Diego. Si no quieres que se te metan en la tienda tíos tan pesados como nosotros, pon guardas de seguridad, hombre!.

Terminamos la tarde en casa del congrio, echándole aire a las suspensiones. Vuelvo a mi casa con cautela. Hay demasiados coches en la carretera, y con un pensamiento en la cabeza. Increíble, como pueden haberse enterado el bichito y el ambus de mi caída? CSI Villa Inés

No me importa haber sufrido esta tarde. Lo que no te mata te hace más fuerte. Somos más duros que las piedras.